Antes de perderlo todo se sentará en la cornisa. Sentirá nostalgia de
ese momento, del montaje de su existencia. En el vértigo de la noche, se
preguntará si su nombre es más que una sombra entre los espejos. Dudará de sus
sueños, de sus lágrimas, de su rostro. Hasta el último instante de su caída al
vacío se preguntará —con rabia, con desesperación— si el recuerdo de Elena es
suyo o del otro.
miércoles, 21 de junio de 2017
lunes, 12 de junio de 2017
Nadie es tan fuerte: todos somos vulnerables
Descubrí Nadie es tan fuerte
el mes pasado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Llevaba
horas flotando en una marea de tinta y papel, perdiéndome alegremente entre
pasillos que —estoy seguro— habían sido diseñados para que los visitantes
naufragáramos en un océano de libros. Imagino que a la distancia, para algún
espectro borgeano que sobrevolara a gran altura, no habremos sido más que una
multitud de hormigas surcando encrucijadas, o palabras desordenadas queriendo
regresar a los textos.
En cierto momento la corriente me llevó por un pasillo similar a todos
los demás, pero donde encontré un stand
que cautivó mi atención de inmediato. Era el espacio de una editorial nueva y
pequeña llamada Modesto Rimba.
Lejos de la pomposidad de algunas de las editoriales más grandes, el stand de Modesto Rimba era —haciendo
honor a su nombre— modesto, simple, minimalista. No había grandes estantes
saturados de ejemplares ni pilas de textos condenados bajo algún cartel de
oferta, sino una pequeña colección de títulos que, precisamente por su reducido
número, investía a los libros de cierta grandeza. El efecto era el de esas
vidrieras en las que se destaca un solo artículo, imponente bajo el resplandor
de las luces.
En cuanto me detuve en el stand,
me cautivó el distintivo diseño de las portadas de la colección. De entre las
miles que habían cruzado mis ojos ese día, éstas se destacaban por su
originalidad y frescura. Supe que había encontrado algo diferente, especial.
Hojeé varios de los libros expuestos, y sinceramente hubiera querido
llevármelos a todos, pero terminé eligiendo uno del escritor rosarino Pablo
Colacrai. O acaso el libro me eligió a mí.
Me sentí atraído por el título: Nadie
es tan fuerte. Ahora que he leído y releído el libro, siento que esas
cuatro palabras captan la esencia de esta cautivadora colección de cuentos.
Decir que nadie es tan fuerte es implicar, a su vez, que todos somos débiles,
vulnerables. Esa dicotomía fuerza/debilidad es uno de los hilos invisibles que
entretejen la trama de los relatos del libro. Por medio de historias pequeñas,
cotidianas e íntimas, Colacrai explora tanto la fortaleza como la fragilidad
humana, la vulnerabilidad emocional de la que nadie, ni el más fuerte, está
exento.
La nostalgia, la decepción, la ausencia, el recuerdo, el amor y el
desamor son algunos de los monstruos etéreos que enfrentan los personajes del
libro. Con la elocuencia de un lenguaje directo y honesto, libre de
ampulosidad, Colacrai esboza el complejo trasfondo que subyace en toda
situación, incluso en el más simple y pequeño de los momentos. Las
circunstancias cotidianas que se describen en Nadie es tan fuerte intuyen que toda vivencia es mucho más de lo
que parece; que el pasado y el futuro conviven y traspasan cada uno de los
momentos que pueblan la vida; que a menudo lo más importante de un instante es
lo que se esconde en la tensión del diálogo, en los gestos, en las miradas, en
los silencios, en algún recoveco de la memoria.
Con un enorme talento para desmenuzar instantes y crear atmósferas en
las que se vislumbran anhelos y sentimientos profundos, Pablo Colacrai nos
recuerda que estar vivo es ser vulnerable. Nadie sale ileso de las batallas
cotidianas de la vida. Nadie es tan fuerte.
Pablo Colacrai
Nadie es tan
fuerte
Buenos Aires: Modesto Rimba, 2017
jueves, 27 de abril de 2017
Ángeles negros
Más allá del velo que ocultaba su rostro, reverberaba algo
incomprensible, un aura que resplandecía en su propia oscuridad, que se
adueñaba de todo lo que tocaba. Lo supe en cuanto la vi. En un instante todo
dejó de ser lo que había sido; el mundo que me rodeaba quedó abolido en un
abrir y cerrar de ojos.
Es que fueron ellos —sus ojos— los demonios que hicieron que la
escenografía de la realidad se desplomara en silencio, en una furiosa cámara
lenta. A partir de entonces todo se ha ido perdiendo entre los pliegues de la
memoria: Quetta, la procesión de burkas negras, los gritos, la sangre. Todo se hunde
en la densa marea del olvido. Todo menos sus ojos.
Ahí están.
Aún los veo.
Se aferran del recuerdo como ángeles negros al borde del abismo.
sábado, 4 de marzo de 2017
Secreto
Si las nubes hubieran cedido ante el viento, creo que habríamos podido
ver qué era esa herida abierta en el cielo, qué nos observaba desde el otro
lado. Pero esa falsa neblina estaba como petrificada, congelada en su propio
movimiento, diría Cortázar. De pronto el cielo era un inmenso mar de algodón
con un profundo manchón de sangre en el centro.
Patrick se inclinaba sobre su Canon AE-1 con la paciencia acechante de
los cazadores. Yo observaba todo desde cierta distancia, sobre la cima de un
peñasco levemente más bajo. A través del lente de mi Pentax 67 veía su figura
recortada sobre aquella masa coagulada en el cielo, fascinada por la explosión
sangrante que en un instante se había apoderado del ocaso.
Me pregunté si Patrick estaría pensando lo mismo que yo. Entonces, mientras
lo observaba observar tuve la sensación de que alguien también me observaba a mí.
No podía ignorar el peso de una mirada fija y pausada sobre mi cuerpo. Por un
instante, sentí que aquello que apuntábamos con nuestras cámaras, ese lento estallido carmesí que rasgaba las nubes, nos miraba.
Alcancé a tomar una sola foto y alejé mi rostro de la cámara
sintiéndome ridícula por pretender capturar algo que —lo supe— era totalmente
inasible. Difícil describir las sensaciones que recorrieron mi ser. Me sentí
pequeña. Me sentí desnuda. Sentí que era testigo de un secreto íntimo y fugaz,
un secreto que hablaba de mí misma.
Cerré los ojos.
Comencé a ver.
lunes, 13 de febrero de 2017
Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 16
Ya no doy más, me voy a soltar, voy a dejarme caer. Todo mi cuerpo
tiembla y no siento más fuerza en los brazos.
Entonces escucho que algo se quiebra, se rompe; un desgarro violento y
profundo que suena más bien al alarido de un animal salvaje y acorralado. Es la
voz alienígena de Pelu que da un último grito desaforado con el que —lo siento,
lo sé— se escapa el resto de sus fuerzas.
—¡Pará, loco, paráaaaaaaaaaaaaa!
Y luego el milagro: el camión desacelera, y en cuestión de segundos se
detiene en la banquina.
Me dejo caer sobre el suelo y siento un alivio indescriptible.
Enseguida vemos los pies del chofer que recorre el costado del camión.
—¡Te voy a matar, desgraciado! —gruñe Pelu mientras se arrastra por la
banquina para salir de abajo del camión. Yo lo sigo, pero tengo el cuerpo
entumecido; siento que me muevo en cámara lenta.
Cuando logro emerger de vuelta al mundo, alcanzo a ver el ataque
inútil de Pelu contra un chofer que no entiende nada, pero que no está
dispuesto a que un pibe cualquiera venga a pegarle. Pelu se abalanza sobre él
con la furia desesperada de los que no saben pelear. El tipo le acomoda un
manotazo que lo estampa contra el camión. No lo pienso dos veces: mientras el chofer
observa cómo Pelu se desvanece, me le voy al humo. Estoy totalmente agotado,
pero alcanzo a pegarle una trompada justo arriba de la oreja derecha. El tipo
gira y se lleva la mano a la cabeza. Ahora me doy cuenta de lo grandote que es.
Está enojado. Tiene un fierro en la mano.
Durante dos segundos fugaces nos miramos a los ojos. Chofer Enfurecido
levanta el fierro con cara de aprendiz de asesino. Yo me agacho, agarro un
puñado de tierra y ripio del suelo y se lo tiro violentamente en la cara. Me
lanzo sobre él e intento partirle la boca de una trompada. No lo logro. Chofer
Enfurecido esquiva el golpe, gira y me agarra con mano firme de la campera.
Levanta el fierro en alto, justo arriba de mi cabeza. Toma envión y arremete
con violencia.
El universo físico se detiene.
El pesado fierro amenaza con partirme el cráneo en dos, pero Chofer
Enfurecido está inmóvil, eternizando un gesto inconcluso. La baba que se escapa
de su boca está ahí, estática, flotando en el aire. La sombra de dos autos que
pasan por la ruta a mis espaldas se proyecta sobre un lado del camión. Deberían
moverse, pero están ahí, como amarradas a la lona verde que cuelga del
acoplado. Yo tengo las rodillas flexionadas y el torso hacia atrás; estoy
cayéndome sin caer, como suspendido en el aire, mientras la mano izquierda de
Chofer Enfurecido me agarra de la campera a la altura del pecho. Pienso morí entre las ruedas del camión y esto es
el infierno. Pienso el tiempo se
paralizó. Pienso estoy en un cuento
de Borges.
Observo fijamente el rostro de Chofer Enfurecido; el gesto gastado
—casi hastiado, diría— que atraviesa su cara mientras está a punto de
partirme el fierro en la cabeza. Miro con detenimiento sus ojos, el iris negro
que explota en una pupila parda, muy triste. Me pregunto si a partir de ahora la
vida será esto: un equilibrio precario e interminable a la espera del golpe de
gracia.
Entonces, en medio de la silenciosa inmovilidad que nos rodea, veo de
reojo que algo se mueve. Se acerca muy lentamente. Contemplo la sombra de una
persona que se dibuja en cámara lenta sobre la lona del acoplado del camión. Se
acerca de forma pausada y rabiosa; una figura melenuda que ya adivino a
espaldas de Chofer Enfurecido. Es Pelu. Ajeno al tiempo, rebelde a toda ley de
la lógica y la razón, aparece por detrás de mi atacante con cara de patriota heroico
y desquiciado. Su pelo flamea en el viento como él en el tiempo. Está cada vez más cerca. Aprieta
los dientes mientras alza una piedra grande en la mano. Se la parte en la nuca
a Chofer Enfurecido.
En ese preciso instante las sombras de los coches prosiguen su viaje.
Yo termino de caer. Chofer Enfurecido se desploma sobre mí. Los ciclos del tiempo siguen su curso.
Todo lo demás que pueda agregar no importa. ¿Qué importancia pueden tener
los pormenores de lo que hicimos con Chofer Enfurecido, de lo que hablamos o
callamos, de cómo volvimos a casa, de cosas tan abstractas como moverse, como
trasladarse en el tiempo y el espacio?
lunes, 6 de febrero de 2017
Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 15
Ni Pelu ni yo somos James Bond. Por lo general no saltamos de trenes
rabiosos ni de aviones suicidas sin paracaídas; lo nuestro no son los tiroteos
ni las persecuciones en moto y autos de alta gama, ni salvarnos en el último
segundo de explosiones desproporcionadas. Por lo general no viajamos colgados
del chasis de algún vehículo a dos centímetros del asfalto. Por lo general, repito, porque el
miércoles pasado vivimos en carne propia una de esas escenas à la Jason Bourne; una toma
interminable, sin cortes ni cámaras que registraran la tan inverosímil realidad
que nos tocó vivir. Todo venía sucediendo dentro de lo normal —Pelu y yo en una
bicicleta; Pelu con los ojos entrecerrados dejando deslizar algunas de sus
frases poco lúcidas; yo pedaleando con desgano, pensando en otra cosa— hasta
que un camión apareció de la nada y nos llevó a dar una vueltita a 80
kilómetros por hora.
Entre sus ruedas.
Pelu y yo aferrados al chasis como si fuera la vida misma; suplicando
y gritando obscenidades a más no poder.
La cosa fue así: Era eso de las 7 de la mañana; todavía estaba
oscuro. Íbamos con abrigo y bufanda hasta los ojos para aguantar el frío,
compartiendo la misma bici (una playera sin frenos): yo pedaleando y Pelu
sentado en el manubrio con su cara habitual de marmota recién levantada. Vamos
a mediana velocidad por Edison, haciéndole la guerra fría al frío, acompañados
por la voz de Pelu asordinada por la bufanda. «Welcome to the jungle» desafina
Pelu con voz de chimpancé ebrio, mientras yo pienso qué será de la chica de la
panadería. Nos vamos acercando a la Panamericana; ya veo el puente y acelero
para que no nos crucen los autos que vienen por la colectora. Pedaleo con fuerza
y siento el aire helado en los pulmones. Cuando estamos a punto de pasar por
debajo del puente siento que, de repente, de un tirón, aceleramos bruscamente.
Todavía sin saber qué está pasando, siento el rugido de un motor a
centímetros de mi espalda. Giro la cabeza y veo el logo de Mercedes Benz gravitando
encima mío como un demonio alemán al acecho. Lo demás pasó tan rápido que me
cuesta reconstruir la secuencia:
El camión acelera.
La bicicleta empieza a levitar.
Yo pedaleo en el aire como el pibe de la película de ET.
Por unos segundos Pelu es ET, un ET pálido y melenudo que se aferra al
manubrio como si estuviera al borde de un precipicio.
En cuestión de segundos, la bici sale disparada hacia el costado de la
ruta, tratamos de agarrarnos del paragolpes, pero pasamos de largo. Quedamos
boca arriba debajo del camión, manoteando fierros, cables, lo que sea, para evitar
quedar enroscados en las ruedas o que el eje trasero nos parta en dos.
—¡Pará, pará, hijo de mil… —escucho la voz de Pelu entre el rugido insoportable
del motor—. ¡Pará, loco! ¡Nos vas a matar!
—¡Pelu, agarrate bien, aguantá, aguantá! —grito casi sin escuchar mi
voz.
Gritamos como chicas histéricas, como nenes haciendo berrinches rabiosos,
como hinchas fanáticos de fútbol protestando el penal que no fue. Pero es
inútil, ahí abajo no somos nada ni nadie, no tenemos voz. Después de un rato —no
sabría decir cuánto— dejamos de gritar, como si intuyéramos que necesitamos
cada gota de energía para seguir colgados del chasis, para aguantar como
podamos. Tengo el pie derecho enganchado entre dos fierros y el brazo derecho entre
un manojo de varas de acero y cables. ¡Aguantá Pelu, no te sueltes! A pesar del
frío, traspiro como un condenado a muerte. Siento un dolor fuertísimo en el estómago,
como si me estuvieran desgarrando el abdomen. ¡Pará infeliz! Por favor pará el
camión. Me duelen los brazos, las manos, la nuca. A cada rato siento en las
piernas, en la espalda, en la cabeza, las diminutas pero fulminantes piedras
que salen disparadas con el paso del camión sobre el asfalto. Pelu está
callado; creo que llora.
Por un momento siento que hasta acá llegamos; this is it, dirían en las pelis yanquis, hasta la vista, baby. En un instante la vida se vuelve un montón de
fierros tibios y temblorosos a los que me aferro desesperadamente; la vida es
el asfalto que se mueve a 80 km por hora a centímetros de mi espalda. Los
únicos seres vivos somos Pelu y yo. Lo único que importa en la vida es no
soltarse, aguantar hasta el final.
—¡Pelu! —digo a gritos mientras lo miro de reojo, con la cara pegada a
parte del chasis— ¡Pelu, agarrate fuerte, carajo!
Creo que por primera vez en mi vida siento por Pelu algo parecido al cariño. Aunque
no puedo verlo, siento que mi hermano me mira, que de alguna manera me responde
con la mirada. Su silencio tiene mucho de despedida.
Continuará el próximo lunes.
martes, 12 de julio de 2016
Sin retorno
Si la calle fuera un espejo, el cielo resplandecería a sus espaldas,
las nubes flotarían sobre su cabeza. Acaso eso la investiría de cierta
dignidad, opacaría un tanto la humillante tarea que ella se impone a sí misma.
Al verla así —arrodillada, boca abajo, tan cerca del suelo— me invade algo
parecido a la tristeza, al sabor de lo irremediable.
La primera vez que la vi también tenía la nariz a diez centímetros del
pavimento. ¿O eso fue después? Puede ser que la primera vez que la vi fue una
vuelta que se bajó de un coche nuevo, un… Volkswagen, creo, un auto chico, pero
no sé qué modelo (los autos modernos son todos iguales). Ella siempre estaciona
a la perfección, con cierta obsesión, diría, siempre en el mismo lugar,
pegadito al cordón de la vereda. Su casa está en la vereda de enfrente, justo a la altura de mi ventana; es la
más pulcra de la cuadra; el césped siempre al ras, inmaculado, las plantas
erguidas, las ventanas impecables. Aun cuando está fresco, ella sale a barrer
la vereda dos veces al día, la primera antes de que salga el sol. Ahora aclara
tarde. Cuando los colegiales pasan camino a la escuela el cielo apenas traza
las primeras pinceladas de luz.
Yo siempre la observo desde la ventana de mi pieza. Es una señora
mayor, pero más joven que yo, que nací en el 35, unos años antes de la guerra.
Me acuerdo que cuando cumplí 80 (¿o fue a los 70?) vino mi hija, que no la veía
hacía añares. Vino con su esposo, un muchacho alto, alto, descendiente de
alemanes o húngaros.
Todavía está agachada, con la cara casi contra la calle, restregando
con metódica saña una mancha de aceite. Ingrato ritual: limpiar una y otra vez
los manchones que deja en el pavimento el choche del vecino. A sus años (tendrá
unos 65, unos 70, no sé, pero es delgadita y enérgica) se arrodilla en la calle
con sus guantes de látex y no sé qué producto de limpieza y se pone a limpiar
las manchas de aceite. Hace rato que está ahí, en una posición poco elegante a
su edad, dándome apenas la espalda mientras lucha contra un sucio círculo
amarronado. Creo que la comprendo. No la conozco bien, nomás la he saludado
alguna vez al salir a la calle cuando Clarita me lleva al médico. Es amable; se
perfila como ordenada y estricta, pero es amable. No sé si habrá enviudado,
aunque sospecho que sí. A veces la acompaña una mujer más joven (creo que es
una empleada), pero casi siempre está sola. Siempre sola, y meta limpiar y
limpiar; meta ordenar y arreglar y barrer y corregir y restregar.
Desde que me trajeron acá, hace ya algún tiempo (aunque me es difícil
decir cuándo), yo la observo todos los días por la ventana —voy a ser sincero—
con cierta obsesión. Ya hace tiempo que dejé de preguntarle a Clarita cuándo me
van a llevar a casa. Clarita me dice que ahora vivo acá… yo no sé. En cierto sentido extraño mis cosas, aunque cada vez las recuerdo más borrosas, menos
mías. Ahora todo lo siento prestado: la cama, ese viejo escritorio, el tiempo,
la ventana por la que miro la vida pasar como algo ajeno, hasta que aparece
ella. Mirarla limpiar, hablar con otra vecina, alejarse en su auto, es acaso lo
poco que ahora me pertenece, lo poco realmente mío. Por eso estoy siempre acá,
sentado junto a la ventana. Cuando Clarita entra a la pieza me hago el
distraído, miro el libro que tengo en las manos, sintonizo la radio, pongo cara
de concentrado. No sé, me da pudor, como un chico que mira algo prohibido. Como
cuando mi madre me encontró infraganti espiando por la ventana del baño de
mujeres del club Primavera. Me dio una paliza macanuda. Los años han ido
desdibujando y embrollando los recuerdos, pero ese lo revivo como si fuera
ayer, como si fuera hoy. Otros recuerdos se mueren antes de echar raíz, se
pierden dócilmente en la maraña de la memoria. Ya no son siquiera recuerdos,
sino otra cosa, ilusiones o fantasmas o retazos de algo que alguna vez creo que
fue mi vida, y que la vejez y el tiempo me han ido arrancando a tirones. No hay
nada peor que esta muerte pausada y febril de la memoria, de la identidad; nada
más estéril que luchar cada día contra demonios invisibles para reinventar la
realidad, para no perderme en la penumbra, en la mancha hosca y pegajosa que
deja el olvido.
Ella todavía está boca abajo, refregando tercamente, ahora en una
posición algo más impúdica. Se pone de pie. Se seca el sudor de la frente con
el antebrazo. Mira hacia el cielo, y pronto vuelve a posar la mirada en esa
sombra azabache que ya es parte del pavimento. La observo mientras se vuelve a
arrodillar en la calle para reanudar la miserable tarea de guerrear contra la
realidad, de esclarecer ese miserable manchón que no hace otra cosa que crecer
y volverse cada vez más impenetrable.
Recién ahora noto la presencia del otro, del hombre que se acerca a
ella y comienza a hablarle. En cuanto ella se pone de pie, el hombre le
envuelve el cuello con un brazo y la atrae hacia él; le habla muy de cerca. Es
un hombre joven, tendrá unos 30 o 40 años, aunque no alcanzo a verlo bien. Me
da la espalda. ¿Será el hijo? No sé si tiene hijos. Ahora caminan hacia la
puerta de la casa. No les veo la cara. No sé si ella sonríe o llora; no puedo
decir si él la abraza con cariño o con prepotencia. Mi corazón emprende un
galope torpe y apresurado. La mano derecha me tiembla cuando me afirmo en el
apoyabrazos de la silla para ponerme de pie, mientras las posibilidades de lo que pasa en la casa de enfrente se proyectan violentamente en mi mente, como si las viera en una vieja pantalla de cine, como
si fueran diversas tramas que se superponen, que entreveran escenas: ella
tomando mate con su hijo en la mesa de la cocina, ella besando a otro hombre
mientras él le acaricia el pelo, ella suplicándole a un desconocido que la
apunta con un arma, ella llorando, ella riendo, ella sangrando…
Tomo mi bastón y atravieso la pieza con pasos toscos y apresurados.
Clarita no está en el comedor; debe estar en el patio, baldeando o colgando la
ropa. Me dirijo hacia la puerta de entrada golpeteando el piso con el bastón,
haciendo un esfuerzo que acaso sobrepasa mi fuerza física. Una suerte de
vértigo comienza a punzarme la cabeza, a distorsionar mi relación con la cosas.
Alcanzo a dar vuelta la llave y logro abrir la puerta. El mareo me nubla los
ojos. Tengo miedo de no llegar a tiempo (sin ella la soledad sería
insoportable). El bastón guía mis pasos por entre el abismo urbano que me
separa de ella, que me conduce hacia la salvación o el ridículo. Prosigo mi
marcha y ya estoy en la vereda. De repente, siento que las ramas secas de un
árbol que no alcanzo a ver me rasguñan la frente. Me cubro inútilmente el
rostro con una mano y logro descender el cordón. Ya estoy en la calle, doy
varios pasos, pero presiento que no llegaré a cruzar, que nunca alcanzaré a
abrir la puerta que me lleva hasta ella. El mareo se profundiza, me aprieta la
sien; algo helado me atraviesa el pecho. Mientras intento dar otro
paso, los ruidos de la urbe enmudecen a la distancia.
Mis piernas no responden.
El mundo gira y se apaga.
Antes de desplomarme en la calle, alcanzo a ver, apenas, el manchón de
aceite que recibe mi caída con un brutal golpe.
No me queda más que rogar que ella esté a salvo, que no me vea llorar
y temblar de esta manera, como un mocoso que le tiene miedo a la oscuridad,
como un pobre viejo que le tiene miedo al olvido. No me queda más que esperar a
que este oscuro manchón se extienda sin retorno hasta adueñarse de mis días,
hasta que todo —la calle, la vida, ella— desaparezca en la penumbra.
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