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martes, 31 de marzo de 2020

Final del viaje



Cuando mires atrás,
sabrás que el tiempo siempre estuvo allí,
inmóvil,
sereno,
como una puesta de sol eternizada en el horizonte;
como rieles mudos sobre el abismo,
como el viento en su seno.
Sabrás que el viaje fue otro,
siempre fue otro.
Llegarás a vislumbrar, quizá,
el silencio que atraviesa las cosas,
las sombras que nacen bajo el resplandor,
las nubes que se pierden en la memoria.
Comprenderás, acaso,
que tú fuiste el viaje;
tú fuiste el tiempo
que poco a poco, lentamente,
se habrá ido,
hasta convertirse en sombras,
hasta volverse olvido.



lunes, 13 de febrero de 2017

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 16




     Ya no doy más, me voy a soltar, voy a dejarme caer. Todo mi cuerpo tiembla y no siento más fuerza en los brazos.
     Entonces escucho que algo se quiebra, se rompe; un desgarro violento y profundo que suena más bien al alarido de un animal salvaje y acorralado. Es la voz alienígena de Pelu que da un último grito desaforado con el que —lo siento, lo sé— se escapa el resto de sus fuerzas.
     —¡Pará, loco, paráaaaaaaaaaaaaa!
     Y luego el milagro: el camión desacelera, y en cuestión de segundos se detiene en la banquina.
     Me dejo caer sobre el suelo y siento un alivio indescriptible. Enseguida vemos los pies del chofer que recorre el costado del camión.
     —¡Te voy a matar, desgraciado! —gruñe Pelu mientras se arrastra por la banquina para salir de abajo del camión. Yo lo sigo, pero tengo el cuerpo entumecido; siento que me muevo en cámara lenta.
     Cuando logro emerger de vuelta al mundo, alcanzo a ver el ataque inútil de Pelu contra un chofer que no entiende nada, pero que no está dispuesto a que un pibe cualquiera venga a pegarle. Pelu se abalanza sobre él con la furia desesperada de los que no saben pelear. El tipo le acomoda un manotazo que lo estampa contra el camión. No lo pienso dos veces: mientras el chofer observa cómo Pelu se desvanece, me le voy al humo. Estoy totalmente agotado, pero alcanzo a pegarle una trompada justo arriba de la oreja derecha. El tipo gira y se lleva la mano a la cabeza. Ahora me doy cuenta de lo grandote que es. Está enojado. Tiene un fierro en la mano.
     Durante dos segundos fugaces nos miramos a los ojos. Chofer Enfurecido levanta el fierro con cara de aprendiz de asesino. Yo me agacho, agarro un puñado de tierra y ripio del suelo y se lo tiro violentamente en la cara. Me lanzo sobre él e intento partirle la boca de una trompada. No lo logro. Chofer Enfurecido esquiva el golpe, gira y me agarra con mano firme de la campera. Levanta el fierro en alto, justo arriba de mi cabeza. Toma envión y arremete con violencia.
     El universo físico se detiene.
     El pesado fierro amenaza con partirme el cráneo en dos, pero Chofer Enfurecido está inmóvil, eternizando un gesto inconcluso. La baba que se escapa de su boca está ahí, estática, flotando en el aire. La sombra de dos autos que pasan por la ruta a mis espaldas se proyecta sobre un lado del camión. Deberían moverse, pero están ahí, como amarradas a la lona verde que cuelga del acoplado. Yo tengo las rodillas flexionadas y el torso hacia atrás; estoy cayéndome sin caer, como suspendido en el aire, mientras la mano izquierda de Chofer Enfurecido me agarra de la campera a la altura del pecho. Pienso morí entre las ruedas del camión y esto es el infierno. Pienso el tiempo se paralizó. Pienso estoy en un cuento de Borges.
     Observo fijamente el rostro de Chofer Enfurecido; el gesto gastado —casi hastiado, diría— que atraviesa su cara mientras está a punto de partirme el fierro en la cabeza. Miro con detenimiento sus ojos, el iris negro que explota en una pupila parda, muy triste. Me pregunto si a partir de ahora la vida será esto: un equilibrio precario e interminable a la espera del golpe de gracia.
     Entonces, en medio de la silenciosa inmovilidad que nos rodea, veo de reojo que algo se mueve. Se acerca muy lentamente. Contemplo la sombra de una persona que se dibuja en cámara lenta sobre la lona del acoplado del camión. Se acerca de forma pausada y rabiosa; una figura melenuda que ya adivino a espaldas de Chofer Enfurecido. Es Pelu. Ajeno al tiempo, rebelde a toda ley de la lógica y la razón, aparece por detrás de mi atacante con cara de patriota heroico y desquiciado. Su pelo flamea en el viento como él en el tiempo. Está cada vez más cerca. Aprieta los dientes mientras alza una piedra grande en la mano. Se la parte en la nuca a Chofer Enfurecido.
     En ese preciso instante las sombras de los coches prosiguen su viaje. Yo termino de caer. Chofer Enfurecido se desploma sobre mí. Los ciclos del tiempo siguen su curso.
     Todo lo demás que pueda agregar no importa. ¿Qué importancia pueden tener los pormenores de lo que hicimos con Chofer Enfurecido, de lo que hablamos o callamos, de cómo volvimos a casa, de cosas tan abstractas como moverse, como trasladarse en el tiempo y el espacio?



viernes, 31 de mayo de 2013

Humo


     La noche se infiltraba por las rendijas del vagón. Entre sombras inconclusas, el vaivén de pequeños círculos de fuego improvisaba una danza intermitente e inútil. No es más que el placer de los miserables, pensó Rolo mientras se llevaba el cigarrillo a la boca.
     Era la última bocanada.
     No lo intuyó; no lo imaginó.
     Lo vio.
     La humarada se lo mostró todo. Como un aleph fugaz y etéreo, el humo que partía de su boca esbozó entre retazos de luz imágenes demasiado nítidas, demasiado reales. En aquella última fumarada Rolo contempló los pliegues del tiempo. Vio un árbol de copa flameante; vio cicatrices, perros cojos y una calle vacía; vio el cuerpo desnudo de Anabela; vio su proprio rostro y al aleph desprenderse de su boca, multiplicando su perfil ensombrecido hasta el infinito; vio un tren que atravesaba el oleaje de la noche; vio hombres armados; vio el odio anidado en sus ojos; vio mucha sangre; vio cuerpos que se desvanecían como espíritus, como humo.
     Cuando el tren se detuvo bruscamente no intentó escapar. Simplemente observó el rastro de la humarada que se evaporaba, que se perdía en la noche.


Foto: Joe Penney, Reuters

martes, 15 de enero de 2013

Azul



Un sol fugitivo
tiñe el mundo de azul.
La escenografía es simétrica, etérea…
impredecible.
La división de la vida,
infinita.

Las cerúleas sombras encajonadas
en mundos de hotel
profundizan la eternidad
de las cosas.
Son nidos de pasajeros en trance,
de luces que palpitan
por un breve tiempo.
Solo un breve tiempo.

En ese ínfimo lapso,
aferrada al límite de su mundo,
ella llora en silencio.
Su luz se apagará
bajo el resplandor añil de la luna.

Por un breve tiempo.
Solo un breve tiempo.




Este poema integra la antología “Versos en el aire II” (2014).

lunes, 24 de septiembre de 2012

Eternidad



Las uñas del tiempo se hunden en el alma,
en el oleaje de su pelo, en nubes lejanas,
en brújulas de la eternidad
que enmudecen
en paredes desoladas.

En ojos llenos de viento
de niños sin nombre
en las calles de la infancia.

En el cuerpo que se apaga,
en rostros que huyen y regresan
como querubines o fantasmas.

Las uñas del tiempo desgarran las alas
de ocasos espurios
que surcan espejos
para morir en mi almohada.

Detrás de los espejos
el tiempo se alarga.
Detrás de los espejos,
serena, ancestral,
intuyo tu mirada.