Llevo semanas tratando de descifrar el libro secreto de Pelu. Creo que
voy comprendiendo. Creo que me estoy volviendo loco. Creo que esa es
precisamente la clave: perder todo sentido de cordura y ver las cosas con la
lucidez de la demencia.
La semana pasada me di cuenta de algo que antes no había tomado en
cuenta: muchas de las páginas del libro tienen una levísima marca que las
atraviesa verticalmente por la mitad; era evidente que alguna vez habían estado
dobladas. “Acá hay algo”, pensé, y doblé una de las páginas marcadas siguiendo
el pliegue vertical. No lo podía creer: las oraciones que resultaron de la
combinación de la mitad izquierda de la página 52 con la mitad derecha de la
página 54 eran frases perfectas; muy raras, pero gramaticalmente perfectas. Por
primera vez, el libro decía algo que podía llegar a tener algún sentido. Hice
lo mismo con todos los dobleces que encontré —23 en total— y leí cada uno con una
avidez abismal, como un monje rabioso a punto de descifrar el Código da Vinci.
Algo no cerraba. La combinación de mitades de páginas tenía sentido
cuando leía cada una por separado, pero al leerlas en orden era como si
estuviera leyendo algo entre un manual de antiayuda y el testamento de un suicida
desquiciado. El orden no era correcto; faltaban cabos. Faltaba volverme un poco
más loco.
Quizá faltaba ponerme a hacer las gansadas que hacía Pelu. En las
últimas semanas, varias veces lo sorprendí en su cuarto a absurdas horas de la
noche, encuerado, con su ridícula vinchita dorada y sentado en el piso en una
incómoda posición de yoga o algo así, por momentos balbuceando algo que no eran
palabras y que tenía bastante de clave morse.
—¿Pero qué estás haciendo, Pelu? —le pregunté una noche con total aire
de censura.
No hubo respuesta. Pelu siguió enfrascado en su idiotez meditativa
como un budista à la Yoda; como si lo
que estaba haciendo fuera la cosa más normal del mundo, y yo, en cambio, fuera
el ingenuo desequilibrado que no comprendía nada, que estaba demasiado
trastornado como para ver la realidad.
Y las desapariciones. Pelu seguía desapareciendo de la forma más
misteriosa. Anoche no aguanté más. Paso por su cuarto y veo a Pelu de reojo en
su posición habitual; vuelvo sobre mis pasos literalmente dos segundos más
tarde y Pelu ya no está. ¡El tipo no-es-tá! Lo busqué por todos lados: debajo
de la cama, entre una pila de ropa sucia, abajo del escritorio… abrí hasta los
cajones del armario. “Nunca se sabe”, pensé, “con tanto yoga, capaz que se
contorsiona y se esconde en el cajón menos pensado, entre los calzoncillos y
las medias”. Pelu simplemente no estaba. El infeliz de verdad había
desaparecido.
No podía ser. Me quedé en su cuarto esperando hasta que apareciera.
Tenía que ver cuál era el truco. Ya me imaginaba al tarado de Pelu asomándose
por la ventana o sacando la cabeza de algún escondite secreto y yo ahí
esperándolo para acomodarle un buen manotazo en la bocha o sacudirle con lo
primero que encontrara a mano. Pensé en lo limpio y traicionero y hermoso que
es ese golpe que no se inventó para lastimar, sino para humillar: el viejo y
querido coscacho. Hay algo casi poético en el chasquido que provoca la mano
sobre la coronilla de la cabeza, la vuelta de la muñeca al dar el impacto, el
chanfle perfecto en el momento exacto, la violencia justa del golpe, esa mueca
de satisfacción incontenible en la cara... No es un golpe cualquiera, no señor.
Es todo un arte. Es poesía, viejo. Saboreé el momento, imaginé cada detalle: su
cara de idiota invisible saliendo del escondite, mi mano abierta acomodándole
un glorioso coscacho en la cabeza, el placer fugaz de descargar todos estas
semanas de absurda espera de un saque…
Y esperé. Y esperé. Primero sentado en la cama; después acostado.
Esperé…
Esperé hasta que me ganó el sueño.