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viernes, 7 de marzo de 2014

Más tapas y otras chauchas


     En el post anterior desperdigué algunos comentarios poco lúcidos acerca de la tapa de los libros (otros la llaman portada, pero según algunas fuentes la portada es otra cosa… en fin, realmente no importa). Lo que sí me interesa es el papel que esa fachada llamada tapa o cubierta juega en la experiencia de acercarse a un libro. Después de todo, es la puerta de entrada, el rostro del cuerpo tangible en el que habitan muchas cosas inmateriales: espíritus, recuerdos, olores, sonidos… retratos fuera de foco de una realidad diferente para cada lector. Me interesa la tapa como premonición de todos esos fantasmas; como el presagio de las imágenes que pequeños símbolos impresos crearán muy lejos y muy cerca de las páginas, en algún oscuro rincón de la mente.
     Acá van otras cinco tapas que me gustan. En algunas se translucen puertas. Otras simplemente dicen mucho sin decir nada. Todas tienen algo.












































miércoles, 19 de febrero de 2014

De tapas y puertas


     La tapa de un libro dice mucho. Por supuesto, lo más importante de un texto es su contenido; de eso no hay duda. Pero hay tapas que tienen algo… un magnetismo extraño que hace que uno se detenga en la vidriera de una librería y pegue la nariz contra el vidrio con esa forma de mirar tan obsesiva de los niños, los borrachos mal recuperados o ciertos mimos delirantes.
     Existen cubiertas de libros que a simple vista no llaman la atención, que se pierden en el montón. Hasta que uno las observa bien. Entonces comienzan a pasar cosas. Se abren puertas invisibles.
     Hay otras tapas que directamente no dicen nada, que empobrecen el libro, que lo condenan antes de que uno llegue a abrirlo. Me dan pena esos libros.
     Me encantan las tapas que desafían al olvido. Son como rostros que persisten tercamente en la niebla de la memoria, como estacas enterradas en campos de imágenes y palabras.
     Me gustaría compartir con vos, de vez en cuando, algunas de las mejores tapas que cruzan mis ojos. Cubiertas que, independientemente del contenido del libro, y en mi humilde opinión, se destacan. Tapas llenas de personalidad, de arte, de silencio, de preguntas, de vida.
     De puertas.

     Acá van las cinco que me agarraron el ojo esta semana. Miralas bien; no corras; tomate un minuto. Observá.
     Las puertas tal vez comiencen a abrirse.
     Y cruzarlas es algo hermoso.

































viernes, 13 de septiembre de 2013

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 13



     Llevo semanas tratando de descifrar el libro secreto de Pelu. Creo que voy comprendiendo. Creo que me estoy volviendo loco. Creo que esa es precisamente la clave: perder todo sentido de cordura y ver las cosas con la lucidez de la demencia.
     La semana pasada me di cuenta de algo que antes no había tomado en cuenta: muchas de las páginas del libro tienen una levísima marca que las atraviesa verticalmente por la mitad; era evidente que alguna vez habían estado dobladas. “Acá hay algo”, pensé, y doblé una de las páginas marcadas siguiendo el pliegue vertical. No lo podía creer: las oraciones que resultaron de la combinación de la mitad izquierda de la página 52 con la mitad derecha de la página 54 eran frases perfectas; muy raras, pero gramaticalmente perfectas. Por primera vez, el libro decía algo que podía llegar a tener algún sentido. Hice lo mismo con todos los dobleces que encontré —23 en total— y leí cada uno con una avidez abismal, como un monje rabioso a punto de descifrar el Código da Vinci.
     Algo no cerraba. La combinación de mitades de páginas tenía sentido cuando leía cada una por separado, pero al leerlas en orden era como si estuviera leyendo algo entre un manual de antiayuda y el testamento de un suicida desquiciado. El orden no era correcto; faltaban cabos. Faltaba volverme un poco más loco.
     Quizá faltaba ponerme a hacer las gansadas que hacía Pelu. En las últimas semanas, varias veces lo sorprendí en su cuarto a absurdas horas de la noche, encuerado, con su ridícula vinchita dorada y sentado en el piso en una incómoda posición de yoga o algo así, por momentos balbuceando algo que no eran palabras y que tenía bastante de clave morse.
     —¿Pero qué estás haciendo, Pelu? —le pregunté una noche con total aire de censura.
     No hubo respuesta. Pelu siguió enfrascado en su idiotez meditativa como un budista à la Yoda; como si lo que estaba haciendo fuera la cosa más normal del mundo, y yo, en cambio, fuera el ingenuo desequilibrado que no comprendía nada, que estaba demasiado trastornado como para ver la realidad.
     Y las desapariciones. Pelu seguía desapareciendo de la forma más misteriosa. Anoche no aguanté más. Paso por su cuarto y veo a Pelu de reojo en su posición habitual; vuelvo sobre mis pasos literalmente dos segundos más tarde y Pelu ya no está. ¡El tipo no-es-tá! Lo busqué por todos lados: debajo de la cama, entre una pila de ropa sucia, abajo del escritorio… abrí hasta los cajones del armario. “Nunca se sabe”, pensé, “con tanto yoga, capaz que se contorsiona y se esconde en el cajón menos pensado, entre los calzoncillos y las medias”. Pelu simplemente no estaba. El infeliz de verdad había desaparecido.
     No podía ser. Me quedé en su cuarto esperando hasta que apareciera. Tenía que ver cuál era el truco. Ya me imaginaba al tarado de Pelu asomándose por la ventana o sacando la cabeza de algún escondite secreto y yo ahí esperándolo para acomodarle un buen manotazo en la bocha o sacudirle con lo primero que encontrara a mano. Pensé en lo limpio y traicionero y hermoso que es ese golpe que no se inventó para lastimar, sino para humillar: el viejo y querido coscacho. Hay algo casi poético en el chasquido que provoca la mano sobre la coronilla de la cabeza, la vuelta de la muñeca al dar el impacto, el chanfle perfecto en el momento exacto, la violencia justa del golpe, esa mueca de satisfacción incontenible en la cara... No es un golpe cualquiera, no señor. Es todo un arte. Es poesía, viejo. Saboreé el momento, imaginé cada detalle: su cara de idiota invisible saliendo del escondite, mi mano abierta acomodándole un glorioso coscacho en la cabeza, el placer fugaz de descargar todos estas semanas de absurda espera de un saque…

     Y esperé. Y esperé. Primero sentado en la cama; después acostado. Esperé…
     Esperé hasta que me ganó el sueño.