El
comienzo de un blog tal vez debería ser algo excesivamente sorprendente; una
especie de desborde brutal de inteligencia y originalidad que parte en dos la
pantalla del monitor mientras tú —sí, tú que lees ahora mismo— te preguntas qué
está pasando, cómo puede alguien escribir algo así, cómo no se me ocurrió a mí,
cómo…
Pero no. La pantalla no se
rompe, no ves chispas desaforadas y aún te preguntas cuándo Tago Hladík llegará
a aquella frase contundente, a aquellas palabras que lo justifiquen, a la
esperada epifanía de signos y líneas en la pantalla.
Mi blog sólo comienza. Así
nada más. Simplemente sucede, como una mirada, una sonrisa, un golpe, un día de lluvia.