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sábado, 4 de marzo de 2017

Secreto



     Si las nubes hubieran cedido ante el viento, creo que habríamos podido ver qué era esa herida abierta en el cielo, qué nos observaba desde el otro lado. Pero esa falsa neblina estaba como petrificada, congelada en su propio movimiento, diría Cortázar. De pronto el cielo era un inmenso mar de algodón con un profundo manchón de sangre en el centro.
     Patrick se inclinaba sobre su Canon AE-1 con la paciencia acechante de los cazadores. Yo observaba todo desde cierta distancia, sobre la cima de un peñasco levemente más bajo. A través del lente de mi Pentax 67 veía su figura recortada sobre aquella masa coagulada en el cielo, fascinada por la explosión sangrante que en un instante se había apoderado del ocaso.
     Me pregunté si Patrick estaría pensando lo mismo que yo. Entonces, mientras lo observaba observar tuve la sensación de que alguien también me observaba a mí. No podía ignorar el peso de una mirada fija y pausada sobre mi cuerpo. Por un instante, sentí que aquello que apuntábamos con nuestras cámaras, ese lento estallido carmesí que rasgaba las nubes, nos miraba.
     Alcancé a tomar una sola foto y alejé mi rostro de la cámara sintiéndome ridícula por pretender capturar algo que —lo supe— era totalmente inasible. Difícil describir las sensaciones que recorrieron mi ser. Me sentí pequeña. Me sentí desnuda. Sentí que era testigo de un secreto íntimo y fugaz, un secreto que hablaba de mí misma.
     Cerré los ojos.
     Comencé a ver.




 Foto: Perspectives / Getty Images

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Último adiós




     La escena primero me transmitió una soledad pausada y líquida. Mis ojos se tiñeron de amarillo al contemplar aquella procesión de máquinas sin alma, de cosas vacías estancadas entre el paso interminable del agua. Demasiados viajes sin destino, pensé, improvisando una marcha fantasmal y apocalíptica hacia las profundidades del océano.
     De pronto, para mi eterna sorpresa, vi que la ventanilla trasera de uno de los autos que conformaban aquel acuoso laberinto comenzó a bajarse. Pronto vi un rostro que, como flotando en el interior del vehículo, parecía mirar hacia donde me encontraba. Era un hombre de cabello gris y edad indefinida. Lo miré absorto, tratando de imaginar qué hacía metido en aquel taxi en medio de aquella peregrinación suicida. Quizá no se puede mover, pensé, mientras aguzaba la mirada sin alcanzar a ver si el hombre lloraba o sonreía.
     Saqué apresuradamente mi cámara de fotos del bolso y enfoqué el lente hasta poder ver, a duras penas, el rostro de aquel viajero ermitaño. El tipo sonreía. Sonreía como un chico en un parque temático, como un demente demasiado feliz o demasiado triste.
     —¡Compadre! —vociferé a toda voz—. ¡Salga de ahí mientras pueda! ¡Corre peligro, amigo; salga!
     A través del lente de la cámara vi cómo, sin parar de sonreír, el hombre extendió el brazo fuera de la ventanilla y comenzó a agitar la mano. No era un pedido de auxilio. El tipo me saludaba. Me saludaba con una sonrisa.
     En ese preciso instante accioné el disparador de la cámara y llegué a tomar la única foto que conservo de la escena.
     De repente, una ola lo cubrió todo como con un pesado manto.
     A través del visor de la cámara vi el instante exacto en que el agua turbia borró para siempre la difusa figura del hombre, su sonrisa eterna, la mano que aún se agitaba en el aire.
     —¡No! —grité susurrando, mientras sacaba la vista del visor y contemplaba con pavor la masa inmensa de mar que se desplomaba sobre los restos de ese naufragio que alguna vez había sido la ciudad.
     No quedó nada. Solo la confusa marea de la que emergían, acá y allá, caparazones amarillos y trozos de cosas imprecisas.

     Esa noche en el refugio, el recuerdo de aquel hombre naufragó en mis pensamientos. La imagen de su sonrisa frente a la muerte inminente; su mano en alto rindiéndome su despedida de este mundo, un adiós final y definitivo.
     Saqué la cámara del bolso. Me dispuse a ver su escurridizo rostro una vez más, a presenciar los estáticos últimos segundos de su vida en la pequeña pantalla de mi cámara; volver a ser testigo de su muerte.
     Nunca lo encontré.
     En la pantalla solo hallé el ejército inmóvil de taxis abandonados a la espera de la embestida del huracán. Nadie sonreía; nadie eternizaba una despedida. La escena estaba llena de un vacío insoportable, de demasiada soledad.
     Alguna vez alguien dijo que la memoria es como un obrero que trabaja para establecer cimientos duraderos entre las olas. Ya no recuerdo de qué ventanilla emergió su figura. Siento que las facciones de su rostro se van perdiendo en los oscuros recovecos de la memoria. El oleaje del tiempo continúa desvaneciendo su imagen. Solo alcanzo a recordar, apenas, un brazo que se agita, una mano que dibuja en el aire su último adiós. 

Foto: Michael Bocchieri