sábado, 4 de marzo de 2017

Secreto



     Si las nubes hubieran cedido ante el viento, creo que habríamos podido ver qué era esa herida abierta en el cielo, qué nos observaba desde el otro lado. Pero esa falsa neblina estaba como petrificada, congelada en su propio movimiento, diría Cortázar. De pronto el cielo era un inmenso mar de algodón con un profundo manchón de sangre en el centro.
     Patrick se inclinaba sobre su Canon AE-1 con la paciencia acechante de los cazadores. Yo observaba todo desde cierta distancia, sobre la cima de un peñasco levemente más bajo. A través del lente de mi Pentax 67 veía su figura recortada sobre aquella masa coagulada en el cielo, fascinada por la explosión sangrante que en un instante se había apoderado del ocaso.
     Me pregunté si Patrick estaría pensando lo mismo que yo. Entonces, mientras lo observaba observar tuve la sensación de que alguien también me observaba a mí. No podía ignorar el peso de una mirada fija y pausada sobre mi cuerpo. Por un instante, sentí que aquello que apuntábamos con nuestras cámaras, ese lento estallido carmesí que rasgaba las nubes, nos miraba.
     Alcancé a tomar una sola foto y alejé mi rostro de la cámara sintiéndome ridícula por pretender capturar algo que —lo supe— era totalmente inasible. Difícil describir las sensaciones que recorrieron mi ser. Me sentí pequeña. Me sentí desnuda. Sentí que era testigo de un secreto íntimo y fugaz, un secreto que hablaba de mí misma.
     Cerré los ojos.
     Comencé a ver.




 Foto: Perspectives / Getty Images

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