martes, 30 de septiembre de 2014

Luvina en armas



Of all that is written, I love only what a
person has written with his own blood.
—Friedrich Nietzsche

Desde aquí percibo que las marcas del tiempo son una gran ficción. Esos ingenuos numeritos en el reloj acaban de convertirse para mí en la más prolongada farsa. Al menos, así es ahora, aunque ya no sé bien qué significa esa palabra.

Creo estar casi en el mismo lugar de hace un instante, pero nunca me he sentido tan lejos de todo, tan lejos de mí mismo… tan lejos de Luvina. Más de una vez aleteó en mi mente el pensamiento de que Rulfo había estado aquí —o ahí, cómo decirlo—, en Moqor, este oscuro rincón de Afganistán. Es como si en su cuento él hubiera plasmado todo esto que aquí llaman la vida, la desolación que ha llenado mis ojos todo este tiempo: las barrancas pelonas, el viento terroso prendido de las cosas, calando los meros huesos como una bandada interminable de cuervos; la miseria sin sentido, el obstinado deseo de muerte y soledad, el hambre colgada a la espalda de mujeres que se deslizan como sombras, el hambre apretando el cuello de niños que son mendigos del miedo. Toda esta sedienta realidad que no es otra cosa que Luvina: Luvina hecha carne y arena y piedra bajo mis pies. Luvina en armas.

Ojalá tuviera un lápiz; Alá quiera darme uno. Lo cuidaría muy bien; escribiría con cuidado, sin apretarlo mucho. (Ahí está el edificio que parece un hombre arrodillado.) Me gustaría escribir cuando estoy solo y dejar que del lápiz salgan las palabras, salga mi voz.

Tendría yo unos 16 años cuando leí “Luvina” por primera vez. Toma, pa’ que se te quite lo bruto, me dijo el tío Víctor, y me pasó una fotocopia doblada en dos. Lo único que lees son los subtítulos de las películas, repetía siempre. Mas en el fondo sabía que yo ya hablaba inglés y que mis hermanos y yo poníamos los subtítulos para que él y mamá entendieran lo que estaba pasando. Ahora que pienso en ellos me cuesta imaginarlos en el apartamento de Phoenix, donde por años vivimos amontonados como racimos. El recuerdo me muestra sus caras y enseguida se las lleva por alguna de las calles de la memoria, que ahora son las calles desiertas de la ciudad que contemplo, la ciudad que no es otra cosa que un pueblo en ruinas, un inmenso cementerio de culpas. Allí permanece una parte de mí; ahí me veo entre los escombros, pero ya me fui, ya no estoy realmente ahí, y ya no sé si ahí es Moqor o Phoenix o Luvina.

Si aprendo a escribir, voy a poder contar las cosas que he visto. Voy a escribir lo que él le hace a mamá y a Sheeva. Lo voy a escribir muchas veces, para que alguien escuche. Alá ve todas las cosas; Alá conoce todos los secretos.

Las palabras duelen más que los golpes, eso dijo Nabi, y yo le creo. Él siempre está solo, como yo; él también es sordomudo. Ojalá me pueda enseñar a escribir. Voy a escribir lo que he visto mil veces, para que jamás nadie pueda borrar esas palabras. La palabra es el poder de Alá; eso dijo Nabi. Eso dijeron las manos de Nabi.

Imposible saber si lo que veo está sucediendo o si ya sucedió o sucederá. No lo sé. Mas se agita en mi mente una frase imposible: La sangre brotará antes de que abrieron las llagas de un niño que mañana se asemejaba a espíritus del viento. Vaya uno a saber cómo explicar eso; eso que no puedo llamar de otro modo más que eso. Eso que sucede lejos de los relojes y de la arena que mide grano a grano la vida. Tal vez me encuentro en una de las arrugas del tiempo. Quizás aquí el tiempo también es el de Luvina.

Si pudiera escribir con el poder de Alá, podría salvar a mamá y a Sheeva. 

Desde aquí lo miro a Evans tras una pila de escombros, aferrado como un demonio a su M4, sudando a cántaros debajo del casco y del uniforme de combate. No necesito verle el rostro para saber que el temor y el odio están allí mero, entre sus ojos, enroscados entre los dientes, latiendo como bestias feroces entre el dedo y el gatillo. Lo sé muy bien. Yo lo he sentido muchas veces aquí —ahí— en Afganistán. Hasta hace unos minutos —¿o son horas o segundos, o alguna otra cosa?— lo sentía. Sentía miedo… Sentía odio y miedo…

Ya no.

Ahora —y cómo diablos prescindir de esa palabra— no lo siento. Sólo observo eso que me envuelve, eso de lo que no seré parte por mucho tiempo más, lo presiento.

Evans no sabe que estoy aquí, que lo observo desde más arriba, apenas un poco más arriba, como levitando en el tiempo. Lo escucho quejarse entre las rocas hirvientes y temblar sobre ese suelo que siempre muerde. De la pierna derecha le brota sangre. Al contemplar el intenso flujo que tiñe su pierna vuelvo a pensar, como lo hice tantas veces, que la sangre es toda la misma.

Una sangre.

Infinita.

La misma sangre eterna atravesando todos los cuerpos, llenándolo todo.

La sangre de Evans es idéntica a la que empapaba los cuerpos desbaratados de Johnson y de Hicks después de que los alcanzara la explosión. Siempre la misma sangre, envolviendo sus cuerpos como con ennegrecidos mantos fúnebres, igualita a la que cubría los cadáveres de los rebeldes que neutralizamos hace semanas o días en Kandahar. Cuando cargamos los cuerpos hacia una habitación en ruinas, no pude evitar perder la mirada en las manchas de sangre que se filtraban por las líneas de mis manos. No supe si ese rojo intenso era mío o del otro. Volví a mirar ese flujo escurridizo en el torso y las piernas de la muchacha que encontramos muerta una y otra vez entre restos de edificios. Una y otra vez la misma muchacha con diferentes rostros; una y otra vez la misma sangre. Un único río sanguinolento arrastrando todo a su paso, retorciéndose dentro de las venas como un fantasma líquido. La misma sangre que mide los días y los latidos hasta pudrirse o secarse en algún hueco del cuerpo, o escaparse para volver a esta tierra que tanta sangre ha bebido. Entonces la sangre se vuelve tierra. Se oscurece, se seca, se muere…

La sangre también muere.

Ya no quiero verlas llorar en silencio. Ya no…

Él les hace cosas malas. Yo no puedo oír ni hablar —no conozco la voz de mamá—, pero sí puedo ver. Y no quiero ver lo que él les hace. El día que vi gotas rojas en las sandalias de Sheeva me di cuenta de que algo malo le pasaba. Caminaba encorvada, apenas movía las piernas. Me miraba con ojos tristes, muy tristes (parecidos a los del hombre que ahora me mira del otro lado de la calle); y yo sentí que me pedía en silencio que la ayudara, que buscara ayuda en algún lado. Ayúdame, Elhaam, ayúdanos, me pedía con los ojos…

Ahí está Evans, en medio de todo eso que acaso contemplo por última vez. Se arrastra por el suelo buscando refugio tras los restos de lo que alguna vez fue una vivienda. Y no me sorprende descubrir, a escasos metros de mi compañero, esa parte de mí que dejo atrás con el amargo sabor de una despedida. Contemplo ahí abajo, a unos pasos de Evans, mi cuerpo inmóvil sobre los escombros, como en una fotografía de esas que salen en las noticias. Veo mis ojos abiertos mirándome desde el suelo. Pues estoy ahí, mirando sin mirar hacia la tormenta de arena coagulada en el cielo.

Mis ojos están fijos en una masa deforme de nubes pardas, pero ya no miran nada. Todo lo observo desde unos metros más arriba en un instante absurdamente lento o acelerado. Todo eso incomprensible que es o que era la vida, Evans llamando refuerzos a gritos y mi cuerpo ahí tendido como un títere sin hilos, con un agujero en el cuello, de donde aún brota la misma sangre tibia e interminable, la misma sangre que nunca acaba de derramarse.

El mundo es muy triste. La gente lleva la tristeza en la cara (como ese viejito de allí, que parece que tuviera toda la soledad del mundo en los ojos). Mamá también tiene la tristeza como enterrada en los ojos, en las manos, en la boca; no sé si alguna vez la vi sonreír. A veces imagino que sonríe, que me sonríe a mí, y mi hermana y yo nos reímos juntos. Imagino que escucho sus voces. Imagino que escucho mi propia voz.

Los últimos años de eso que fue mi vida quedarán marcados en los muros de pueblos afganos sin nombre, pero que siempre fueron ese lugar que Rulfo no inventó porque siempre estuvo aquí, esperándome, extendiéndome sus manos con uñas filosas, abrazándome con brazos que son piedra y espinas. Y aquí dejo mi última ofrenda: mi cuerpo y toda la sangre que huye de él para cumplir no sé qué propósito o qué misión o locura.

Por alguna razón no me sorprende que todo acabe así; mi cuerpo tendido boca arriba, mis ojos abiertos a la nada, mi mano derecha aferrada a la ametralladora como una prótesis infernal, mis labios dibujando un último quejido, queriendo escupir una última palabra. Después de todo lo que fue la guerra —de llenarme los ojos de miseria, silencio y sangre—, se me hace hasta justo que todo termine así, que mi sangre también riegue esta tierra.

Y no sé por qué ahora (sea lo que sea que eso signifique) arde en mí el deseo de escribir con el pensamiento las imágenes que dejo atrás, como si presintiera que ésta será la última vez, la última oportunidad de decir algo, de remover las palabras y echarlas al viento para que alguien las recoja: Evans, tú, o ese niño que se acerca por la calle.

No me gusta pasar por aquí. Ahí es donde hace un tiempo apedrearon a la madre de Aamir. Todos tuvimos que mirar. Yo fijé la vista en el suelo e imaginé que escribía en la tierra los 99 nombres de Alá. Realmente deseé que él la salvara. Pero los hombres no pararon de tirar piedras, una y otra vez, hasta que la madre de Aamir dejó de moverse. Allí todavía está el pozo. 
   
Es casi inevitable sentir en todo esto el amargo presentimiento de que una puerta única e irrefutable se cierra para siempre: Hasta aquí llegaste, chamaco; This is it, budy.

Me miro a mí mismo allí abajo como quien mira una imagen, meramente una imagen de algo que fui o que me perteneció. Y no sé decir qué soy ahora, excepto que soy yo. Ya no soy Ramírez, ni Beto; ya no soy mexicano ni americano, inmigrante ni soldado… soy sólo yo… yo.

Me parece que allí veo un lápiz. ¡Sí, creo que es un lápiz, allí al lado de aquella piedra! Tengo que llegar rápido, antes de que alguien me lo quite…

Ahora contemplo cómo Evans se asoma rápidamente por arriba de una pila de escombros. Al instante, le avientan una lluvia de balas desde el edificio de enfrente. Permanece echado detrás de las rocas, apretando los ojos mientras las balas pasan zumbando o se entierran en las piedras y en el polvo. Alguna bala vuelve a alcanzar mi cuerpo tumbado sobre las rocas. Evans respira agarrado a su M4 como un toro enfurecido y asustado. Está solo y siente miedo. No bien cesa el tiroteo, mira fugazmente mi cadáver, respira hondo y se asoma a toda velocidad escupiendo balas e insultos contra ventanas y puertas, contra cualquier cosa en movimiento.

Es en vano gritarle que cese el fuego, que un niño se acerca corriendo directamente hacia la balacera. En vano ponerme frente a Evans y pedirle a gritos que baje el arma, sintiendo que mis palabras no son más que aire, que mi presencia no es siquiera una sombra. En vano dar voces mientras el niño se acerca como envuelto por el viento, directo hacia el torbellino de balas.

Aquí las piedras son más filosas y se clavan en los pies, pero tengo que correr rápido. Falta muy poco…

La ametralladora de Evans no para de taladrar el aire y el silencio de Moqor. Los pies descalzos del niño esquivan un pozo en la calle de tierra. Lo percibo todo, cada movimiento felino del niño, cada martillazo de la ametralladora desgajando trozos de tierra y pared, el sudor en las manos de Evans, las estériles nubes que se arrastran sobre los cerros. Todo lo contemplo en un instante sin tiempo.

Ahora abren fuego desde una ventana del otro lado de la calle.

Evans presiona el gatillo decidido a borrar todo y a todos para siempre.

El niño ya está en el mero centro de un íntimo mundo de plomo y fuego.

No te preocupes mamá, nadie me lo va a quitar… Voy a tener voz, y alguien va a escuchar, alguien nos va a ayudar… Ya casi lo alcanzo…

La imagen de su cuerpecito girando y desplomándose sobre la calle de tierra es lo último que alcanzo a ver mientras todo comienza a desvanecerse. Algo me susurra que es hora de partir. Mientras todo lo que me rodea se hunde en el tiempo, vislumbro la sangre del niño como suspendida en el aire, girando junto con su pequeño cuerpo y envolviéndolo en la caída…


miércoles, 11 de junio de 2014

La dulce locura del Mundial



¡Ya está! Se acabó la larga espera. Parece mentira, ¡pero el Mundial está a punto de comenzar!


     No hay evento deportivo que se compare con la Copa Mundial de la FIFA. Mejor dicho, no hay nada que se le compare. Nada. Es cierto que existen otros torneos y competencias que congregan a naciones de todos los continentes —entre ellos las majestuosas Olimpiadas—, pero nada genera la pasión, la ilusión y esa suerte de efervescencia explosiva que produce el Mundial. Durante 32 días gloriosos a partir del 12 de junio, todo será banderas, cantos, gambetas, sudor, caídas, goles y más goles. Cada rincón del mundo mirará fútbol, hablará de fútbol, respirará fútbol… soñará fútbol. El planeta girará con la furia de un balón en el aire.
     Es que el fútbol tiene algo… algo muy difícil de explicar. Y durante el Mundial, ese algo alcanza su cúspide y se expande como una plaga que intensifica un poco la vida, llena el corazón de fuertes emociones y acelera la sangre que nos corre por las venas.

     El fútbol y el Mundial son así. Producen esas cosas. Será acaso el anhelo tan humano de sentirse el mejor por un rato, de ser el-mejor-del-mundo. Será el vértigo que siente toda una nación cuando uno de los suyos se acerca al área opuesta con una rabiosa esfera en los pies. Será la emoción inexplicable de gritar gol al unísono; de sentirse uno aunque sea por un instante de gloria. Será la febril y dulce locura que genera el fútbol. No sé. No sé bien qué será. Pero es algo hermoso.

lunes, 5 de mayo de 2014

Mi pequeño mundo en tinieblas


     La caminata es la de todas las tardes, siempre y cuando el clima porteño lo permite, claro. Doy una vuelta extensa, siempre la misma, siempre a la misma hora. Las calles del barrio están grabadas en mí como un silencioso y oscuro mapa; conozco la posición de cada una de las baldosas de todas las veredas que recorro, los baches eternos que las surcan, el perfume de las flores de alguna maceta o el crocante aroma a masas finas de la panadería de don Cristián, así como el recurrente ciclo de ciertos semáforos, esos mecánicos divisores de tiempo y espacio. Por Monteagudo, a tres cuadras de donde vivo, todos los martes me detengo a escuchar los cánticos de una iglesia evangélica e imagino los colores de los sonidos. Cuando cruzo Edison (el semáforo es corto, apenas alcanzo a cruzar la calle), siento el zumbido de los autos que pasan a escasos metros de mí y hacen temblar el asfalto bajo mis pies. Los reconozco fácilmente: sé distinguir el modelo y año de los vehículos por el ronquido del motor y el escape.
     Pero hoy no es martes, sino viernes. Hoy los sonidos tienen un aire más denso, están como embriagados, pero sedientos de algo. Así, al menos, los percibo yo mientras recorro lentamente las veredas en mi caminata vespertina. Camino despacio, esquivando obstáculos conocidos, palpando las superficies cambiantes del suelo con mi delgado bastón blanco.
     Por la forma en que el sol me acaricia débilmente la cara, calculo que son las ocho menos veinte de la noche. Me equivoco: son las ocho menos cuarto (así escucho que anuncia la voz crujiente del hombre del puesto de revistas, justo ahora que doblo en Saavedra).
     Camino muy lentamente, reconociendo con mi bastón cada una de las irregularidades del terreno, adentrándome en una calle que hoy parece alejarse del resto de la urbe. Sigo caminando, mientras el rumor de la ciudad se apaga a mis espaldas con cada uno de mis pasos, como si el mundo fuera una melancólica canción que muere lentamente.
     Entonces, envuelto en el silencio imperfecto del atardecer, siento por un instante que el mundo es un lugar ajeno.
     Primero percibo una tenue brisa a la altura de los tobillos: una corriente arremolinada, que me envuelve las piernas con algo similar al frío, pero no exactamente… no logro precisar qué sensación es esa, qué palabra describe la textura del viento que me trepa las piernas. Es como… como si la brisa estuviera hecha de tristeza, de miedo… como si el temor saturara el aire.
     Entonces escucho gritos a la distancia… muchos gritos. Y un coro deforme de bocinas de automóviles, como voces ortopédicas, desesperadas.
     Instintivamente busco un lugar donde refugiarme, un árbol o una pared que me sostenga. Mi bastón pronto encuentra una pared de ladrillos a mi izquierda, pero no hay umbral. Únicamente un solitario muro, en donde apoyo mi cuerpo para refugiarme del extraño viento que se adentra en cada poro de mi rostro.
     De repente el viento cede y percibo una especie de reacción inversa, como si algo en el aire quisiera succionarlo todo.
     Y otra vez el silencio.
     Un silencio que se profundiza fuera y dentro de mí.
     Y entonces, como un tropel de espectros desaforados, una intensa luz inunda el aire. No necesito verla para saber que nadie puede verla, que sobrepuja la capacidad de la vista humana. Me atraviesa el cuerpo como un torrente. Es un resplandor intensamente frío que se filtra por cada resquicio de mi cuerpo. Lo imagino como inmensas olas luminosas que estallan contra los edificios y que ahogan rápidamente la vida.
     Y, una vez más, la textura de los elementos adquiere la forma del miedo. «Lo peor es imaginar», repito torpemente, mientras vuelvo sobre mis pasos, tropezando, golpeteando desesperadamente con mi bastón la inmensa oscuridad que me circunda, huyendo de la luz envuelto en mi pequeño mundo en tinieblas.




viernes, 7 de marzo de 2014

Más tapas y otras chauchas


     En el post anterior desperdigué algunos comentarios poco lúcidos acerca de la tapa de los libros (otros la llaman portada, pero según algunas fuentes la portada es otra cosa… en fin, realmente no importa). Lo que sí me interesa es el papel que esa fachada llamada tapa o cubierta juega en la experiencia de acercarse a un libro. Después de todo, es la puerta de entrada, el rostro del cuerpo tangible en el que habitan muchas cosas inmateriales: espíritus, recuerdos, olores, sonidos… retratos fuera de foco de una realidad diferente para cada lector. Me interesa la tapa como premonición de todos esos fantasmas; como el presagio de las imágenes que pequeños símbolos impresos crearán muy lejos y muy cerca de las páginas, en algún oscuro rincón de la mente.
     Acá van otras cinco tapas que me gustan. En algunas se translucen puertas. Otras simplemente dicen mucho sin decir nada. Todas tienen algo.












































miércoles, 19 de febrero de 2014

De tapas y puertas


     La tapa de un libro dice mucho. Por supuesto, lo más importante de un texto es su contenido; de eso no hay duda. Pero hay tapas que tienen algo… un magnetismo extraño que hace que uno se detenga en la vidriera de una librería y pegue la nariz contra el vidrio con esa forma de mirar tan obsesiva de los niños, los borrachos mal recuperados o ciertos mimos delirantes.
     Existen cubiertas de libros que a simple vista no llaman la atención, que se pierden en el montón. Hasta que uno las observa bien. Entonces comienzan a pasar cosas. Se abren puertas invisibles.
     Hay otras tapas que directamente no dicen nada, que empobrecen el libro, que lo condenan antes de que uno llegue a abrirlo. Me dan pena esos libros.
     Me encantan las tapas que desafían al olvido. Son como rostros que persisten tercamente en la niebla de la memoria, como estacas enterradas en campos de imágenes y palabras.
     Me gustaría compartir con vos, de vez en cuando, algunas de las mejores tapas que cruzan mis ojos. Cubiertas que, independientemente del contenido del libro, y en mi humilde opinión, se destacan. Tapas llenas de personalidad, de arte, de silencio, de preguntas, de vida.
     De puertas.

     Acá van las cinco que me agarraron el ojo esta semana. Miralas bien; no corras; tomate un minuto. Observá.
     Las puertas tal vez comiencen a abrirse.
     Y cruzarlas es algo hermoso.

































miércoles, 15 de enero de 2014

Dulce amargura




     El mundo está loco, déjeme que le diga… loco, loco. Sin ir más lejos, esta mañana me habló el mate. ¿Qué le parece? Sí, sí, así como le digo: el mate me habló. Lo tenía preparadito sobre un repasador, frente a mí en la mesa, mientras miraba una noticia de Crónica sobre un senador que, en plena sesión de la cámara de senadores o qué sé yo lo vieron entrar a un motel con una mujer que no era la esposa, así nomás, a plena luz del día, como Pancho por su casa; imagínese cómo están las cosas que ya todo el mundo hace lo que se le da la gana sin el menor pudor… Pero bueno, estaba mirando las noticias tranquila cuando, entre mate y mate, escucho que alguien me habla. Era una voz de hombre. Y usted sabe que yo estoy sola y que no meto hombres en casa; imagínese, a mi edad. Sí, sí, era una voz, pero le digo que no había nadie. Miro para todos lados y nada. Y cuando me levanto para sacar las tostadas del tostador, escucho la voz de vuelta; clarito, ahí en la cocina. No se imagina el julepe que me pegué. «¿Pero quién habla?», pregunté agarrando un cuchillo embadurnado de jalea de membrillo. «Soy yo, el mate», me contesta la voz. Y miro y sí, la voz venía del mate y hasta me pareció que la boca de la bombilla se movía. «Che, Negrita, pasate el azúcar, dale», me dice el mate. Yo me quedé dura. «Dale, Negri, no le aflojés al azúcar, y calentate el agua que hace un frío de locos por acá», me volvió a decir. ¿Me lo puede creer? Así me dijo el mate. Me hablaba como si fuéramos chanchos amigos, me tuteaba, me decía “Negrita”, “Negri”… con lo que detesto que me digan “Negri”. Hasta me mandó que cambiara de canal y que le trajera el diario. Ya no hay respeto, no hay nada… ni el mate la respeta a una. El mundo está loco, le digo… loco, loco.