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lunes, 5 de mayo de 2014

Mi pequeño mundo en tinieblas


     La caminata es la de todas las tardes, siempre y cuando el clima porteño lo permite, claro. Doy una vuelta extensa, siempre la misma, siempre a la misma hora. Las calles del barrio están grabadas en mí como un silencioso y oscuro mapa; conozco la posición de cada una de las baldosas de todas las veredas que recorro, los baches eternos que las surcan, el perfume de las flores de alguna maceta o el crocante aroma a masas finas de la panadería de don Cristián, así como el recurrente ciclo de ciertos semáforos, esos mecánicos divisores de tiempo y espacio. Por Monteagudo, a tres cuadras de donde vivo, todos los martes me detengo a escuchar los cánticos de una iglesia evangélica e imagino los colores de los sonidos. Cuando cruzo Edison (el semáforo es corto, apenas alcanzo a cruzar la calle), siento el zumbido de los autos que pasan a escasos metros de mí y hacen temblar el asfalto bajo mis pies. Los reconozco fácilmente: sé distinguir el modelo y año de los vehículos por el ronquido del motor y el escape.
     Pero hoy no es martes, sino viernes. Hoy los sonidos tienen un aire más denso, están como embriagados, pero sedientos de algo. Así, al menos, los percibo yo mientras recorro lentamente las veredas en mi caminata vespertina. Camino despacio, esquivando obstáculos conocidos, palpando las superficies cambiantes del suelo con mi delgado bastón blanco.
     Por la forma en que el sol me acaricia débilmente la cara, calculo que son las ocho menos veinte de la noche. Me equivoco: son las ocho menos cuarto (así escucho que anuncia la voz crujiente del hombre del puesto de revistas, justo ahora que doblo en Saavedra).
     Camino muy lentamente, reconociendo con mi bastón cada una de las irregularidades del terreno, adentrándome en una calle que hoy parece alejarse del resto de la urbe. Sigo caminando, mientras el rumor de la ciudad se apaga a mis espaldas con cada uno de mis pasos, como si el mundo fuera una melancólica canción que muere lentamente.
     Entonces, envuelto en el silencio imperfecto del atardecer, siento por un instante que el mundo es un lugar ajeno.
     Primero percibo una tenue brisa a la altura de los tobillos: una corriente arremolinada, que me envuelve las piernas con algo similar al frío, pero no exactamente… no logro precisar qué sensación es esa, qué palabra describe la textura del viento que me trepa las piernas. Es como… como si la brisa estuviera hecha de tristeza, de miedo… como si el temor saturara el aire.
     Entonces escucho gritos a la distancia… muchos gritos. Y un coro deforme de bocinas de automóviles, como voces ortopédicas, desesperadas.
     Instintivamente busco un lugar donde refugiarme, un árbol o una pared que me sostenga. Mi bastón pronto encuentra una pared de ladrillos a mi izquierda, pero no hay umbral. Únicamente un solitario muro, en donde apoyo mi cuerpo para refugiarme del extraño viento que se adentra en cada poro de mi rostro.
     De repente el viento cede y percibo una especie de reacción inversa, como si algo en el aire quisiera succionarlo todo.
     Y otra vez el silencio.
     Un silencio que se profundiza fuera y dentro de mí.
     Y entonces, como un tropel de espectros desaforados, una intensa luz inunda el aire. No necesito verla para saber que nadie puede verla, que sobrepuja la capacidad de la vista humana. Me atraviesa el cuerpo como un torrente. Es un resplandor intensamente frío que se filtra por cada resquicio de mi cuerpo. Lo imagino como inmensas olas luminosas que estallan contra los edificios y que ahogan rápidamente la vida.
     Y, una vez más, la textura de los elementos adquiere la forma del miedo. «Lo peor es imaginar», repito torpemente, mientras vuelvo sobre mis pasos, tropezando, golpeteando desesperadamente con mi bastón la inmensa oscuridad que me circunda, huyendo de la luz envuelto en mi pequeño mundo en tinieblas.




Relato publicado en la antología I Concurso de narración breve y micronarración de Mecenix.com (2013).

miércoles, 27 de febrero de 2013

Borde del mundo



     Mauro se acercó al filo del acantilado dominado por una extraña fascinación, como atraído por el canto de sirenas espectrales. Con cada paso que daba hacia el precipicio, sentía que su cuerpo se hacía más liviano, se afantasmaba, adoptaba la forma del aire. Lo inundaba la certeza de que se encontraba en el límite mismo del mundo.
     Finalmente llegó al borde. A centímetros de sus pies, la tierra se desplomaba en una caída vertical y abrupta. Un espeso mar de nubes ondeaba sobre el abismo. Hasta perderse en el horizonte, la niebla se contorsionaba como una bestia etérea y desafiante. El sol se apagaba en silencio tras un lejano velo.
     Mauro permaneció en el filo del precipicio. El corazón le aleteaba como un cuervo herido a la fuga. Lo fascinaba y lo aturdía la idea de caer eternamente, de desaparecer en la niebla infinita. Con los brazos extendidos, alejó la vista del abismo en dirección al cielo.
     Cerró los ojos.
     El vapor que se adentraba por sus fosas nasales lo trasladó a una tarde distante: la nieve, el frío, una mujer que había sido su madre cubriéndole la diminuta boca con una bufanda.
     Espérame, ya te alcanzo, pronunció mientras su cuerpo se balanceaba sobre el precipicio.
     Lloró. Sonrió.     
     Dio un paso adelante.

     En la caída no encontró monstruos ni criaturas imposibles. 
     Solo la niebla.
     Solo la oscuridad.

     Lo encontraron muerto unos minutos más tarde en la parte trasera de un edificio de Chicago. El médico forense señaló que posiblemente había muerto de sobredosis en la caída, antes de que su cuerpo se incrustara en el baúl de un auto, nueve pisos más abajo del balcón de su apartamento.

Foto de Rhys Davies

martes, 15 de enero de 2013

Azul



Un sol fugitivo
tiñe el mundo de azul.
La escenografía es simétrica, etérea…
impredecible.
La división de la vida,
infinita.

Las cerúleas sombras encajonadas
en mundos de hotel
profundizan la eternidad
de las cosas.
Son nidos de pasajeros en trance,
de luces que palpitan
por un breve tiempo.
Solo un breve tiempo.

En ese ínfimo lapso,
aferrada al límite de su mundo,
ella llora en silencio.
Su luz se apagará
bajo el resplandor añil de la luna.

Por un breve tiempo.
Solo un breve tiempo.




Este poema integra la antología “Versos en el aire II” (2014).