jueves, 27 de abril de 2017

Ángeles negros




     Más allá del velo que ocultaba su rostro, reverberaba algo incomprensible, un aura que resplandecía en su propia oscuridad, que se adueñaba de todo lo que tocaba. Lo supe en cuanto la vi. En un instante todo dejó de ser lo que había sido; el mundo que me rodeaba quedó abolido en un abrir y cerrar de ojos.
     Es que fueron ellos —sus ojos— los demonios que hicieron que la escenografía de la realidad se desplomara en silencio, en una furiosa cámara lenta. A partir de entonces todo se ha ido perdiendo entre los pliegues de la memoria: Quetta, la procesión de burkas negras, los gritos, la sangre. Todo se hunde en la densa marea del olvido. Todo menos sus ojos.
     Ahí están.
     Aún los veo.
     Se aferran del recuerdo como ángeles negros al borde del abismo.




Imagen: AP Photo/Frank Augstein

sábado, 4 de marzo de 2017

Secreto



     Si las nubes hubieran cedido ante el viento, creo que habríamos podido ver qué era esa herida abierta en el cielo, qué nos observaba desde el otro lado. Pero esa falsa neblina estaba como petrificada, congelada en su propio movimiento, diría Cortázar. De pronto el cielo era un inmenso mar de algodón con un profundo manchón de sangre en el centro.
     Patrick se inclinaba sobre su Canon AE-1 con la paciencia acechante de los cazadores. Yo observaba todo desde cierta distancia, sobre la cima de un peñasco levemente más bajo. A través del lente de mi Pentax 67 veía su figura recortada sobre aquella masa coagulada en el cielo, fascinada por la explosión sangrante que en un instante se había apoderado del ocaso.
     Me pregunté si Patrick estaría pensando lo mismo que yo. Entonces, mientras lo observaba observar tuve la sensación de que alguien también me observaba a mí. No podía ignorar el peso de una mirada fija y pausada sobre mi cuerpo. Por un instante, sentí que aquello que apuntábamos con nuestras cámaras, ese lento estallido carmesí que rasgaba las nubes, nos miraba.
     Alcancé a tomar una sola foto y alejé mi rostro de la cámara sintiéndome ridícula por pretender capturar algo que —lo supe— era totalmente inasible. Difícil describir las sensaciones que recorrieron mi ser. Me sentí pequeña. Me sentí desnuda. Sentí que era testigo de un secreto íntimo y fugaz, un secreto que hablaba de mí misma.
     Cerré los ojos.
     Comencé a ver.




 Foto: Perspectives / Getty Images

lunes, 13 de febrero de 2017

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 16




     Ya no doy más, me voy a soltar, voy a dejarme caer. Todo mi cuerpo tiembla y no siento más fuerza en los brazos.
     Entonces escucho que algo se quiebra, se rompe; un desgarro violento y profundo que suena más bien al alarido de un animal salvaje y acorralado. Es la voz alienígena de Pelu que da un último grito desaforado con el que —lo siento, lo sé— se escapa el resto de sus fuerzas.
     —¡Pará, loco, paráaaaaaaaaaaaaa!
     Y luego el milagro: el camión desacelera, y en cuestión de segundos se detiene en la banquina.
     Me dejo caer sobre el suelo y siento un alivio indescriptible. Enseguida vemos los pies del chofer que recorre el costado del camión.
     —¡Te voy a matar, desgraciado! —gruñe Pelu mientras se arrastra por la banquina para salir de abajo del camión. Yo lo sigo, pero tengo el cuerpo entumecido; siento que me muevo en cámara lenta.
     Cuando logro emerger de vuelta al mundo, alcanzo a ver el ataque inútil de Pelu contra un chofer que no entiende nada, pero que no está dispuesto a que un pibe cualquiera venga a pegarle. Pelu se abalanza sobre él con la furia desesperada de los que no saben pelear. El tipo le acomoda un manotazo que lo estampa contra el camión. No lo pienso dos veces: mientras el chofer observa cómo Pelu se desvanece, me le voy al humo. Estoy totalmente agotado, pero alcanzo a pegarle una trompada justo arriba de la oreja derecha. El tipo gira y se lleva la mano a la cabeza. Ahora me doy cuenta de lo grandote que es. Está enojado. Tiene un fierro en la mano.
     Durante dos segundos fugaces nos miramos a los ojos. Chofer Enfurecido levanta el fierro con cara de aprendiz de asesino. Yo me agacho, agarro un puñado de tierra y ripio del suelo y se lo tiro violentamente en la cara. Me lanzo sobre él e intento partirle la boca de una trompada. No lo logro. Chofer Enfurecido esquiva el golpe, gira y me agarra con mano firme de la campera. Levanta el fierro en alto, justo arriba de mi cabeza. Toma envión y arremete con violencia.
     El universo físico se detiene.
     El pesado fierro amenaza con partirme el cráneo en dos, pero Chofer Enfurecido está inmóvil, eternizando un gesto inconcluso. La baba que se escapa de su boca está ahí, estática, flotando en el aire. La sombra de dos autos que pasan por la ruta a mis espaldas se proyecta sobre un lado del camión. Deberían moverse, pero están ahí, como amarradas a la lona verde que cuelga del acoplado. Yo tengo las rodillas flexionadas y el torso hacia atrás; estoy cayéndome sin caer, como suspendido en el aire, mientras la mano izquierda de Chofer Enfurecido me agarra de la campera a la altura del pecho. Pienso morí entre las ruedas del camión y esto es el infierno. Pienso el tiempo se paralizó. Pienso estoy en un cuento de Borges.
     Observo fijamente el rostro de Chofer Enfurecido; el gesto gastado —casi hastiado, diría— que atraviesa su cara mientras está a punto de partirme el fierro en la cabeza. Miro con detenimiento sus ojos, el iris negro que explota en una pupila parda, muy triste. Me pregunto si a partir de ahora la vida será esto: un equilibrio precario e interminable a la espera del golpe de gracia.
     Entonces, en medio de la silenciosa inmovilidad que nos rodea, veo de reojo que algo se mueve. Se acerca muy lentamente. Contemplo la sombra de una persona que se dibuja en cámara lenta sobre la lona del acoplado del camión. Se acerca de forma pausada y rabiosa; una figura melenuda que ya adivino a espaldas de Chofer Enfurecido. Es Pelu. Ajeno al tiempo, rebelde a toda ley de la lógica y la razón, aparece por detrás de mi atacante con cara de patriota heroico y desquiciado. Su pelo flamea en el viento como él en el tiempo. Está cada vez más cerca. Aprieta los dientes mientras alza una piedra grande en la mano. Se la parte en la nuca a Chofer Enfurecido.
     En ese preciso instante las sombras de los coches prosiguen su viaje. Yo termino de caer. Chofer Enfurecido se desploma sobre mí. Los ciclos del tiempo siguen su curso.
     Todo lo demás que pueda agregar no importa. ¿Qué importancia pueden tener los pormenores de lo que hicimos con Chofer Enfurecido, de lo que hablamos o callamos, de cómo volvimos a casa, de cosas tan abstractas como moverse, como trasladarse en el tiempo y el espacio?



lunes, 6 de febrero de 2017

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 15




     Ni Pelu ni yo somos James Bond. Por lo general no saltamos de trenes rabiosos ni de aviones suicidas sin paracaídas; lo nuestro no son los tiroteos ni las persecuciones en moto y autos de alta gama, ni salvarnos en el último segundo de explosiones desproporcionadas. Por lo general no viajamos colgados del chasis de algún vehículo a dos centímetros del asfalto. Por lo general, repito, porque el miércoles pasado vivimos en carne propia una de esas escenas à la Jason Bourne; una toma interminable, sin cortes ni cámaras que registraran la tan inverosímil realidad que nos tocó vivir. Todo venía sucediendo dentro de lo normal —Pelu y yo en una bicicleta; Pelu con los ojos entrecerrados dejando deslizar algunas de sus frases poco lúcidas; yo pedaleando con desgano, pensando en otra cosa— hasta que un camión apareció de la nada y nos llevó a dar una vueltita a 80 kilómetros por hora.
     Entre sus ruedas.
     Pelu y yo aferrados al chasis como si fuera la vida misma; suplicando y gritando obscenidades a más no poder.
     La cosa fue así: Era eso de las 7 de la mañana; todavía estaba oscuro. Íbamos con abrigo y bufanda hasta los ojos para aguantar el frío, compartiendo la misma bici (una playera sin frenos): yo pedaleando y Pelu sentado en el manubrio con su cara habitual de marmota recién levantada. Vamos a mediana velocidad por Edison, haciéndole la guerra fría al frío, acompañados por la voz de Pelu asordinada por la bufanda. «Welcome to the jungle» desafina Pelu con voz de chimpancé ebrio, mientras yo pienso qué será de la chica de la panadería. Nos vamos acercando a la Panamericana; ya veo el puente y acelero para que no nos crucen los autos que vienen por la colectora. Pedaleo con fuerza y siento el aire helado en los pulmones. Cuando estamos a punto de pasar por debajo del puente siento que, de repente, de un tirón, aceleramos bruscamente.
     Todavía sin saber qué está pasando, siento el rugido de un motor a centímetros de mi espalda. Giro la cabeza y veo el logo de Mercedes Benz gravitando encima mío como un demonio alemán al acecho. Lo demás pasó tan rápido que me cuesta reconstruir la secuencia:
     El camión acelera.
     La bicicleta empieza a levitar.
     Yo pedaleo en el aire como el pibe de la película de ET.
     Por unos segundos Pelu es ET, un ET pálido y melenudo que se aferra al manubrio como si estuviera al borde de un precipicio.
     En cuestión de segundos, la bici sale disparada hacia el costado de la ruta, tratamos de agarrarnos del paragolpes, pero pasamos de largo. Quedamos boca arriba debajo del camión, manoteando fierros, cables, lo que sea, para evitar quedar enroscados en las ruedas o que el eje trasero nos parta en dos.
     —¡Pará, pará, hijo de mil… —escucho la voz de Pelu entre el rugido insoportable del motor—. ¡Pará, loco! ¡Nos vas a matar!
     —¡Pelu, agarrate bien, aguantá, aguantá! —grito casi sin escuchar mi voz.
     Gritamos como chicas histéricas, como nenes haciendo berrinches rabiosos, como hinchas fanáticos de fútbol protestando el penal que no fue. Pero es inútil, ahí abajo no somos nada ni nadie, no tenemos voz. Después de un rato —no sabría decir cuánto— dejamos de gritar, como si intuyéramos que necesitamos cada gota de energía para seguir colgados del chasis, para aguantar como podamos. Tengo el pie derecho enganchado entre dos fierros y el brazo derecho entre un manojo de varas de acero y cables. ¡Aguantá Pelu, no te sueltes! A pesar del frío, traspiro como un condenado a muerte. Siento un dolor fuertísimo en el estómago, como si me estuvieran desgarrando el abdomen. ¡Pará infeliz! Por favor pará el camión. Me duelen los brazos, las manos, la nuca. A cada rato siento en las piernas, en la espalda, en la cabeza, las diminutas pero fulminantes piedras que salen disparadas con el paso del camión sobre el asfalto. Pelu está callado; creo que llora.
     Por un momento siento que hasta acá llegamos; this is it, dirían en las pelis yanquis, hasta la vista, baby. En un instante la vida se vuelve un montón de fierros tibios y temblorosos a los que me aferro desesperadamente; la vida es el asfalto que se mueve a 80 km por hora a centímetros de mi espalda. Los únicos seres vivos somos Pelu y yo. Lo único que importa en la vida es no soltarse, aguantar hasta el final.
     —¡Pelu! —digo a gritos mientras lo miro de reojo, con la cara pegada a parte del chasis— ¡Pelu, agarrate fuerte, carajo!

     Creo que por primera vez en mi vida siento por Pelu algo parecido al cariño. Aunque no puedo verlo, siento que mi hermano me mira, que de alguna manera me responde con la mirada. Su silencio tiene mucho de despedida.



Continuará el próximo lunes.

martes, 12 de julio de 2016

Sin retorno




     Si la calle fuera un espejo, el cielo resplandecería a sus espaldas, las nubes flotarían sobre su cabeza. Acaso eso la investiría de cierta dignidad, opacaría un tanto la humillante tarea que ella se impone a sí misma. Al verla así —arrodillada, boca abajo, tan cerca del suelo— me invade algo parecido a la tristeza, al sabor de lo irremediable. 
     La primera vez que la vi también tenía la nariz a diez centímetros del pavimento. ¿O eso fue después? Puede ser que la primera vez que la vi fue una vuelta que se bajó de un coche nuevo, un… Volkswagen, creo, un auto chico, pero no sé qué modelo (los autos modernos son todos iguales). Ella siempre estaciona a la perfección, con cierta obsesión, diría, siempre en el mismo lugar, pegadito al cordón de la vereda. Su casa está en la vereda de enfrente, justo a la altura de mi ventana; es la más pulcra de la cuadra; el césped siempre al ras, inmaculado, las plantas erguidas, las ventanas impecables. Aun cuando está fresco, ella sale a barrer la vereda dos veces al día, la primera antes de que salga el sol. Ahora aclara tarde. Cuando los colegiales pasan camino a la escuela el cielo apenas traza las primeras pinceladas de luz.
     Yo siempre la observo desde la ventana de mi pieza. Es una señora mayor, pero más joven que yo, que nací en el 35, unos años antes de la guerra. Me acuerdo que cuando cumplí 80 (¿o fue a los 70?) vino mi hija, que no la veía hacía añares. Vino con su esposo, un muchacho alto, alto, descendiente de alemanes o húngaros.

     Todavía está agachada, con la cara casi contra la calle, restregando con metódica saña una mancha de aceite. Ingrato ritual: limpiar una y otra vez los manchones que deja en el pavimento el choche del vecino. A sus años (tendrá unos 65, unos 70, no sé, pero es delgadita y enérgica) se arrodilla en la calle con sus guantes de látex y no sé qué producto de limpieza y se pone a limpiar las manchas de aceite. Hace rato que está ahí, en una posición poco elegante a su edad, dándome apenas la espalda mientras lucha contra un sucio círculo amarronado. Creo que la comprendo. No la conozco bien, nomás la he saludado alguna vez al salir a la calle cuando Clarita me lleva al médico. Es amable; se perfila como ordenada y estricta, pero es amable. No sé si habrá enviudado, aunque sospecho que sí. A veces la acompaña una mujer más joven (creo que es una empleada), pero casi siempre está sola. Siempre sola, y meta limpiar y limpiar; meta ordenar y arreglar y barrer y corregir y restregar.
     Desde que me trajeron acá, hace ya algún tiempo (aunque me es difícil decir cuándo), yo la observo todos los días por la ventana —voy a ser sincero— con cierta obsesión. Ya hace tiempo que dejé de preguntarle a Clarita cuándo me van a llevar a casa. Clarita me dice que ahora vivo acá… yo no sé. En cierto sentido extraño mis cosas, aunque cada vez las recuerdo más borrosas, menos mías. Ahora todo lo siento prestado: la cama, ese viejo escritorio, el tiempo, la ventana por la que miro la vida pasar como algo ajeno, hasta que aparece ella. Mirarla limpiar, hablar con otra vecina, alejarse en su auto, es acaso lo poco que ahora me pertenece, lo poco realmente mío. Por eso estoy siempre acá, sentado junto a la ventana. Cuando Clarita entra a la pieza me hago el distraído, miro el libro que tengo en las manos, sintonizo la radio, pongo cara de concentrado. No sé, me da pudor, como un chico que mira algo prohibido. Como cuando mi madre me encontró infraganti espiando por la ventana del baño de mujeres del club Primavera. Me dio una paliza macanuda. Los años han ido desdibujando y embrollando los recuerdos, pero ese lo revivo como si fuera ayer, como si fuera hoy. Otros recuerdos se mueren antes de echar raíz, se pierden dócilmente en la maraña de la memoria. Ya no son siquiera recuerdos, sino otra cosa, ilusiones o fantasmas o retazos de algo que alguna vez creo que fue mi vida, y que la vejez y el tiempo me han ido arrancando a tirones. No hay nada peor que esta muerte pausada y febril de la memoria, de la identidad; nada más estéril que luchar cada día contra demonios invisibles para reinventar la realidad, para no perderme en la penumbra, en la mancha hosca y pegajosa que deja el olvido.

     Ella todavía está boca abajo, refregando tercamente, ahora en una posición algo más impúdica. Se pone de pie. Se seca el sudor de la frente con el antebrazo. Mira hacia el cielo, y pronto vuelve a posar la mirada en esa sombra azabache que ya es parte del pavimento. La observo mientras se vuelve a arrodillar en la calle para reanudar la miserable tarea de guerrear contra la realidad, de esclarecer ese miserable manchón que no hace otra cosa que crecer y volverse cada vez más impenetrable.
     Recién ahora noto la presencia del otro, del hombre que se acerca a ella y comienza a hablarle. En cuanto ella se pone de pie, el hombre le envuelve el cuello con un brazo y la atrae hacia él; le habla muy de cerca. Es un hombre joven, tendrá unos 30 o 40 años, aunque no alcanzo a verlo bien. Me da la espalda. ¿Será el hijo? No sé si tiene hijos. Ahora caminan hacia la puerta de la casa. No les veo la cara. No sé si ella sonríe o llora; no puedo decir si él la abraza con cariño o con prepotencia. Mi corazón emprende un galope torpe y apresurado. La mano derecha me tiembla cuando me afirmo en el apoyabrazos de la silla para ponerme de pie, mientras las posibilidades de lo que pasa en la casa de enfrente se proyectan violentamente en mi mente, como si las viera en una vieja pantalla de cine, como si fueran diversas tramas que se superponen, que entreveran escenas: ella tomando mate con su hijo en la mesa de la cocina, ella besando a otro hombre mientras él le acaricia el pelo, ella suplicándole a un desconocido que la apunta con un arma, ella llorando, ella riendo, ella sangrando…   
     Tomo mi bastón y atravieso la pieza con pasos toscos y apresurados. Clarita no está en el comedor; debe estar en el patio, baldeando o colgando la ropa. Me dirijo hacia la puerta de entrada golpeteando el piso con el bastón, haciendo un esfuerzo que acaso sobrepasa mi fuerza física. Una suerte de vértigo comienza a punzarme la cabeza, a distorsionar mi relación con la cosas. Alcanzo a dar vuelta la llave y logro abrir la puerta. El mareo me nubla los ojos. Tengo miedo de no llegar a tiempo (sin ella la soledad sería insoportable). El bastón guía mis pasos por entre el abismo urbano que me separa de ella, que me conduce hacia la salvación o el ridículo. Prosigo mi marcha y ya estoy en la vereda. De repente, siento que las ramas secas de un árbol que no alcanzo a ver me rasguñan la frente. Me cubro inútilmente el rostro con una mano y logro descender el cordón. Ya estoy en la calle, doy varios pasos, pero presiento que no llegaré a cruzar, que nunca alcanzaré a abrir la puerta que me lleva hasta ella. El mareo se profundiza, me aprieta la sien; algo helado me atraviesa el pecho. Mientras intento dar otro paso, los ruidos de la urbe enmudecen a la distancia.
     Mis piernas no responden.
     El mundo gira y se apaga.
     Antes de desplomarme en la calle, alcanzo a ver, apenas, el manchón de aceite que recibe mi caída con un brutal golpe.
     No me queda más que rogar que ella esté a salvo, que no me vea llorar y temblar de esta manera, como un mocoso que le tiene miedo a la oscuridad, como un pobre viejo que le tiene miedo al olvido. No me queda más que esperar a que este oscuro manchón se extienda sin retorno hasta adueñarse de mis días, hasta que todo —la calle, la vida, ella— desaparezca en la penumbra.

viernes, 4 de diciembre de 2015

For always


     Lo primero que le vino a la mente fue una imagen fuera de foco: una carretera que se perdía a la distancia en la oscuridad, en una niebla que tenía la textura del silencio, de una sombra, de una puerta oculta bajo un pesado velo.
     Ximena escribió la frase sin un destino fijo en mente, simplemente para ver hasta dónde la llevaban las palabras, adónde conducía esa carretera.
     Al costado del camino, un auto inmóvil profundizaba la soledad. El silencio era casi perfecto; lo opacaba apenas el vaivén furtivo del viento y el vacío que antecede a la tempestad. La palabra forever se desprendía de la voz de ventosos fantasmas y estaba ahí, en medio de todo, gravitando en el aire.
     En un cuarto detenido en el tiempo, el tenue golpeteo de los dedos de Ximena en el teclado rompía el silencio con la monotonía orgánica de las cosas mientras están siendo creadas. Afuera moría el día con más lentitud de lo habitual, como si el tiempo contuviera por un instante la respiración. Ximena escribía y lloraba.
     De repente, a la distancia, un relámpago rasgó la oscuridad. El trueno llegó enseguida; ella sintió la vibración en los pies y en las manos que aún se aferraban al volante del auto. Sus ojos estaban perdidos en la masa oscura que se acercaba lentamente por el aire.
     En un momento, todo quedó envuelto por la lluvia.
     Las cortinas adoptaron la forma del viento mientras la tormenta amenazaba entrar en el cuarto, pero Ximena no se paró a cerrar la ventana; con la mirada perdida en las palabras que hacía y deshacía en la pantalla, perpetuaba un tecleo acelerado. Para ella ahora sólo existía aquella carretera que se perdía en la oscuridad, aquella soledad, el repiqueteo del aguacero sobre el cuerpo metálico de aquel auto que era un bote a la deriva, los restos de una naufragio en medio del diluvio.
     Ella sabía que nadie vendría a buscarla, que no podía quedarse ahí, que debía seguir adelante. Abrió la puerta y puso los pies sobre el asfalto mojado; comenzó a caminar envuelta en la tormenta. Empapada, temblando, llegó al lugar en que la carretera comenzaba a desvanecerse en la niebla. Miró atrás por última vez antes de adentrarse en la oscuridad, en un camino que, lo intuía, recorrería para siempre.



Inspirado por una fantasmagórica canción de Scott Zuniga, un viejo amigo. Te invito a escucharla acá.


martes, 30 de septiembre de 2014

Luvina en armas



Of all that is written, I love only what a
person has written with his own blood.
—Friedrich Nietzsche

Desde aquí percibo que las marcas del tiempo son una gran ficción. Esos ingenuos numeritos en el reloj acaban de convertirse para mí en la más prolongada farsa. Al menos, así es ahora, aunque ya no sé bien qué significa esa palabra.

Creo estar casi en el mismo lugar de hace un instante, pero nunca me he sentido tan lejos de todo, tan lejos de mí mismo… tan lejos de Luvina. Más de una vez aleteó en mi mente el pensamiento de que Rulfo había estado aquí —o ahí, cómo decirlo—, en Moqor, este oscuro rincón de Afganistán. Es como si en su cuento él hubiera plasmado todo esto que aquí llaman la vida, la desolación que ha llenado mis ojos todo este tiempo: las barrancas pelonas, el viento terroso prendido de las cosas, calando los meros huesos como una bandada interminable de cuervos; la miseria sin sentido, el obstinado deseo de muerte y soledad, el hambre colgada a la espalda de mujeres que se deslizan como sombras, el hambre apretando el cuello de niños que son mendigos del miedo. Toda esta sedienta realidad que no es otra cosa que Luvina: Luvina hecha carne y arena y piedra bajo mis pies. Luvina en armas.

Ojalá tuviera un lápiz; Alá quiera darme uno. Lo cuidaría muy bien; escribiría con cuidado, sin apretarlo mucho. (Ahí está el edificio que parece un hombre arrodillado.) Me gustaría escribir cuando estoy solo y dejar que del lápiz salgan las palabras, salga mi voz.

Tendría yo unos 16 años cuando leí “Luvina” por primera vez. Toma, pa’ que se te quite lo bruto, me dijo el tío Víctor, y me pasó una fotocopia doblada en dos. Lo único que lees son los subtítulos de las películas, repetía siempre. Mas en el fondo sabía que yo ya hablaba inglés y que mis hermanos y yo poníamos los subtítulos para que él y mamá entendieran lo que estaba pasando. Ahora que pienso en ellos me cuesta imaginarlos en el apartamento de Phoenix, donde por años vivimos amontonados como racimos. El recuerdo me muestra sus caras y enseguida se las lleva por alguna de las calles de la memoria, que ahora son las calles desiertas de la ciudad que contemplo, la ciudad que no es otra cosa que un pueblo en ruinas, un inmenso cementerio de culpas. Allí permanece una parte de mí; ahí me veo entre los escombros, pero ya me fui, ya no estoy realmente ahí, y ya no sé si ahí es Moqor o Phoenix o Luvina.

Si aprendo a escribir, voy a poder contar las cosas que he visto. Voy a escribir lo que él le hace a mamá y a Sheeva. Lo voy a escribir muchas veces, para que alguien escuche. Alá ve todas las cosas; Alá conoce todos los secretos.

Las palabras duelen más que los golpes, eso dijo Nabi, y yo le creo. Él siempre está solo, como yo; él también es sordomudo. Ojalá me pueda enseñar a escribir. Voy a escribir lo que he visto mil veces, para que jamás nadie pueda borrar esas palabras. La palabra es el poder de Alá; eso dijo Nabi. Eso dijeron las manos de Nabi.

Imposible saber si lo que veo está sucediendo o si ya sucedió o sucederá. No lo sé. Mas se agita en mi mente una frase imposible: La sangre brotará antes de que abrieron las llagas de un niño que mañana se asemejaba a espíritus del viento. Vaya uno a saber cómo explicar eso; eso que no puedo llamar de otro modo más que eso. Eso que sucede lejos de los relojes y de la arena que mide grano a grano la vida. Tal vez me encuentro en una de las arrugas del tiempo. Quizás aquí el tiempo también es el de Luvina.

Si pudiera escribir con el poder de Alá, podría salvar a mamá y a Sheeva. 

Desde aquí lo miro a Evans tras una pila de escombros, aferrado como un demonio a su M4, sudando a cántaros debajo del casco y del uniforme de combate. No necesito verle el rostro para saber que el temor y el odio están allí mero, entre sus ojos, enroscados entre los dientes, latiendo como bestias feroces entre el dedo y el gatillo. Lo sé muy bien. Yo lo he sentido muchas veces aquí —ahí— en Afganistán. Hasta hace unos minutos —¿o son horas o segundos, o alguna otra cosa?— lo sentía. Sentía miedo… Sentía odio y miedo…

Ya no.

Ahora —y cómo diablos prescindir de esa palabra— no lo siento. Sólo observo eso que me envuelve, eso de lo que no seré parte por mucho tiempo más, lo presiento.

Evans no sabe que estoy aquí, que lo observo desde más arriba, apenas un poco más arriba, como levitando en el tiempo. Lo escucho quejarse entre las rocas hirvientes y temblar sobre ese suelo que siempre muerde. De la pierna derecha le brota sangre. Al contemplar el intenso flujo que tiñe su pierna vuelvo a pensar, como lo hice tantas veces, que la sangre es toda la misma.

Una sangre.

Infinita.

La misma sangre eterna atravesando todos los cuerpos, llenándolo todo.

La sangre de Evans es idéntica a la que empapaba los cuerpos desbaratados de Johnson y de Hicks después de que los alcanzara la explosión. Siempre la misma sangre, envolviendo sus cuerpos como con ennegrecidos mantos fúnebres, igualita a la que cubría los cadáveres de los rebeldes que neutralizamos hace semanas o días en Kandahar. Cuando cargamos los cuerpos hacia una habitación en ruinas, no pude evitar perder la mirada en las manchas de sangre que se filtraban por las líneas de mis manos. No supe si ese rojo intenso era mío o del otro. Volví a mirar ese flujo escurridizo en el torso y las piernas de la muchacha que encontramos muerta una y otra vez entre restos de edificios. Una y otra vez la misma muchacha con diferentes rostros; una y otra vez la misma sangre. Un único río sanguinolento arrastrando todo a su paso, retorciéndose dentro de las venas como un fantasma líquido. La misma sangre que mide los días y los latidos hasta pudrirse o secarse en algún hueco del cuerpo, o escaparse para volver a esta tierra que tanta sangre ha bebido. Entonces la sangre se vuelve tierra. Se oscurece, se seca, se muere…

La sangre también muere.

Ya no quiero verlas llorar en silencio. Ya no…

Él les hace cosas malas. Yo no puedo oír ni hablar —no conozco la voz de mamá—, pero sí puedo ver. Y no quiero ver lo que él les hace. El día que vi gotas rojas en las sandalias de Sheeva me di cuenta de que algo malo le pasaba. Caminaba encorvada, apenas movía las piernas. Me miraba con ojos tristes, muy tristes (parecidos a los del hombre que ahora me mira del otro lado de la calle); y yo sentí que me pedía en silencio que la ayudara, que buscara ayuda en algún lado. Ayúdame, Elhaam, ayúdanos, me pedía con los ojos…

Ahí está Evans, en medio de todo eso que acaso contemplo por última vez. Se arrastra por el suelo buscando refugio tras los restos de lo que alguna vez fue una vivienda. Y no me sorprende descubrir, a escasos metros de mi compañero, esa parte de mí que dejo atrás con el amargo sabor de una despedida. Contemplo ahí abajo, a unos pasos de Evans, mi cuerpo inmóvil sobre los escombros, como en una fotografía de esas que salen en las noticias. Veo mis ojos abiertos mirándome desde el suelo. Pues estoy ahí, mirando sin mirar hacia la tormenta de arena coagulada en el cielo.

Mis ojos están fijos en una masa deforme de nubes pardas, pero ya no miran nada. Todo lo observo desde unos metros más arriba en un instante absurdamente lento o acelerado. Todo eso incomprensible que es o que era la vida, Evans llamando refuerzos a gritos y mi cuerpo ahí tendido como un títere sin hilos, con un agujero en el cuello, de donde aún brota la misma sangre tibia e interminable, la misma sangre que nunca acaba de derramarse.

El mundo es muy triste. La gente lleva la tristeza en la cara (como ese viejito de allí, que parece que tuviera toda la soledad del mundo en los ojos). Mamá también tiene la tristeza como enterrada en los ojos, en las manos, en la boca; no sé si alguna vez la vi sonreír. A veces imagino que sonríe, que me sonríe a mí, y mi hermana y yo nos reímos juntos. Imagino que escucho sus voces. Imagino que escucho mi propia voz.

Los últimos años de eso que fue mi vida quedarán marcados en los muros de pueblos afganos sin nombre, pero que siempre fueron ese lugar que Rulfo no inventó porque siempre estuvo aquí, esperándome, extendiéndome sus manos con uñas filosas, abrazándome con brazos que son piedra y espinas. Y aquí dejo mi última ofrenda: mi cuerpo y toda la sangre que huye de él para cumplir no sé qué propósito o qué misión o locura.

Por alguna razón no me sorprende que todo acabe así; mi cuerpo tendido boca arriba, mis ojos abiertos a la nada, mi mano derecha aferrada a la ametralladora como una prótesis infernal, mis labios dibujando un último quejido, queriendo escupir una última palabra. Después de todo lo que fue la guerra —de llenarme los ojos de miseria, silencio y sangre—, se me hace hasta justo que todo termine así, que mi sangre también riegue esta tierra.

Y no sé por qué ahora (sea lo que sea que eso signifique) arde en mí el deseo de escribir con el pensamiento las imágenes que dejo atrás, como si presintiera que ésta será la última vez, la última oportunidad de decir algo, de remover las palabras y echarlas al viento para que alguien las recoja: Evans, tú, o ese niño que se acerca por la calle.

No me gusta pasar por aquí. Ahí es donde hace un tiempo apedrearon a la madre de Aamir. Todos tuvimos que mirar. Yo fijé la vista en el suelo e imaginé que escribía en la tierra los 99 nombres de Alá. Realmente deseé que él la salvara. Pero los hombres no pararon de tirar piedras, una y otra vez, hasta que la madre de Aamir dejó de moverse. Allí todavía está el pozo. 
   
Es casi inevitable sentir en todo esto el amargo presentimiento de que una puerta única e irrefutable se cierra para siempre: Hasta aquí llegaste, chamaco; This is it, budy.

Me miro a mí mismo allí abajo como quien mira una imagen, meramente una imagen de algo que fui o que me perteneció. Y no sé decir qué soy ahora, excepto que soy yo. Ya no soy Ramírez, ni Beto; ya no soy mexicano ni americano, inmigrante ni soldado… soy sólo yo… yo.

Me parece que allí veo un lápiz. ¡Sí, creo que es un lápiz, allí al lado de aquella piedra! Tengo que llegar rápido, antes de que alguien me lo quite…

Ahora contemplo cómo Evans se asoma rápidamente por arriba de una pila de escombros. Al instante, le avientan una lluvia de balas desde el edificio de enfrente. Permanece echado detrás de las rocas, apretando los ojos mientras las balas pasan zumbando o se entierran en las piedras y en el polvo. Alguna bala vuelve a alcanzar mi cuerpo tumbado sobre las rocas. Evans respira agarrado a su M4 como un toro enfurecido y asustado. Está solo y siente miedo. No bien cesa el tiroteo, mira fugazmente mi cadáver, respira hondo y se asoma a toda velocidad escupiendo balas e insultos contra ventanas y puertas, contra cualquier cosa en movimiento.

Es en vano gritarle que cese el fuego, que un niño se acerca corriendo directamente hacia la balacera. En vano ponerme frente a Evans y pedirle a gritos que baje el arma, sintiendo que mis palabras no son más que aire, que mi presencia no es siquiera una sombra. En vano dar voces mientras el niño se acerca como envuelto por el viento, directo hacia el torbellino de balas.

Aquí las piedras son más filosas y se clavan en los pies, pero tengo que correr rápido. Falta muy poco…

La ametralladora de Evans no para de taladrar el aire y el silencio de Moqor. Los pies descalzos del niño esquivan un pozo en la calle de tierra. Lo percibo todo, cada movimiento felino del niño, cada martillazo de la ametralladora desgajando trozos de tierra y pared, el sudor en las manos de Evans, las estériles nubes que se arrastran sobre los cerros. Todo lo contemplo en un instante sin tiempo.

Ahora abren fuego desde una ventana del otro lado de la calle.

Evans presiona el gatillo decidido a borrar todo y a todos para siempre.

El niño ya está en el mero centro de un íntimo mundo de plomo y fuego.

No te preocupes mamá, nadie me lo va a quitar… Voy a tener voz, y alguien va a escuchar, alguien nos va a ayudar… Ya casi lo alcanzo…

La imagen de su cuerpecito girando y desplomándose sobre la calle de tierra es lo último que alcanzo a ver mientras todo comienza a desvanecerse. Algo me susurra que es hora de partir. Mientras todo lo que me rodea se hunde en el tiempo, vislumbro la sangre del niño como suspendida en el aire, girando junto con su pequeño cuerpo y envolviéndolo en la caída…