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lunes, 13 de febrero de 2017

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 16




     Ya no doy más, me voy a soltar, voy a dejarme caer. Todo mi cuerpo tiembla y no siento más fuerza en los brazos.
     Entonces escucho que algo se quiebra, se rompe; un desgarro violento y profundo que suena más bien al alarido de un animal salvaje y acorralado. Es la voz alienígena de Pelu que da un último grito desaforado con el que —lo siento, lo sé— se escapa el resto de sus fuerzas.
     —¡Pará, loco, paráaaaaaaaaaaaaa!
     Y luego el milagro: el camión desacelera, y en cuestión de segundos se detiene en la banquina.
     Me dejo caer sobre el suelo y siento un alivio indescriptible. Enseguida vemos los pies del chofer que recorre el costado del camión.
     —¡Te voy a matar, desgraciado! —gruñe Pelu mientras se arrastra por la banquina para salir de abajo del camión. Yo lo sigo, pero tengo el cuerpo entumecido; siento que me muevo en cámara lenta.
     Cuando logro emerger de vuelta al mundo, alcanzo a ver el ataque inútil de Pelu contra un chofer que no entiende nada, pero que no está dispuesto a que un pibe cualquiera venga a pegarle. Pelu se abalanza sobre él con la furia desesperada de los que no saben pelear. El tipo le acomoda un manotazo que lo estampa contra el camión. No lo pienso dos veces: mientras el chofer observa cómo Pelu se desvanece, me le voy al humo. Estoy totalmente agotado, pero alcanzo a pegarle una trompada justo arriba de la oreja derecha. El tipo gira y se lleva la mano a la cabeza. Ahora me doy cuenta de lo grandote que es. Está enojado. Tiene un fierro en la mano.
     Durante dos segundos fugaces nos miramos a los ojos. Chofer Enfurecido levanta el fierro con cara de aprendiz de asesino. Yo me agacho, agarro un puñado de tierra y ripio del suelo y se lo tiro violentamente en la cara. Me lanzo sobre él e intento partirle la boca de una trompada. No lo logro. Chofer Enfurecido esquiva el golpe, gira y me agarra con mano firme de la campera. Levanta el fierro en alto, justo arriba de mi cabeza. Toma envión y arremete con violencia.
     El universo físico se detiene.
     El pesado fierro amenaza con partirme el cráneo en dos, pero Chofer Enfurecido está inmóvil, eternizando un gesto inconcluso. La baba que se escapa de su boca está ahí, estática, flotando en el aire. La sombra de dos autos que pasan por la ruta a mis espaldas se proyecta sobre un lado del camión. Deberían moverse, pero están ahí, como amarradas a la lona verde que cuelga del acoplado. Yo tengo las rodillas flexionadas y el torso hacia atrás; estoy cayéndome sin caer, como suspendido en el aire, mientras la mano izquierda de Chofer Enfurecido me agarra de la campera a la altura del pecho. Pienso morí entre las ruedas del camión y esto es el infierno. Pienso el tiempo se paralizó. Pienso estoy en un cuento de Borges.
     Observo fijamente el rostro de Chofer Enfurecido; el gesto gastado —casi hastiado, diría— que atraviesa su cara mientras está a punto de partirme el fierro en la cabeza. Miro con detenimiento sus ojos, el iris negro que explota en una pupila parda, muy triste. Me pregunto si a partir de ahora la vida será esto: un equilibrio precario e interminable a la espera del golpe de gracia.
     Entonces, en medio de la silenciosa inmovilidad que nos rodea, veo de reojo que algo se mueve. Se acerca muy lentamente. Contemplo la sombra de una persona que se dibuja en cámara lenta sobre la lona del acoplado del camión. Se acerca de forma pausada y rabiosa; una figura melenuda que ya adivino a espaldas de Chofer Enfurecido. Es Pelu. Ajeno al tiempo, rebelde a toda ley de la lógica y la razón, aparece por detrás de mi atacante con cara de patriota heroico y desquiciado. Su pelo flamea en el viento como él en el tiempo. Está cada vez más cerca. Aprieta los dientes mientras alza una piedra grande en la mano. Se la parte en la nuca a Chofer Enfurecido.
     En ese preciso instante las sombras de los coches prosiguen su viaje. Yo termino de caer. Chofer Enfurecido se desploma sobre mí. Los ciclos del tiempo siguen su curso.
     Todo lo demás que pueda agregar no importa. ¿Qué importancia pueden tener los pormenores de lo que hicimos con Chofer Enfurecido, de lo que hablamos o callamos, de cómo volvimos a casa, de cosas tan abstractas como moverse, como trasladarse en el tiempo y el espacio?



lunes, 6 de febrero de 2017

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 15




     Ni Pelu ni yo somos James Bond. Por lo general no saltamos de trenes rabiosos ni de aviones suicidas sin paracaídas; lo nuestro no son los tiroteos ni las persecuciones en moto y autos de alta gama, ni salvarnos en el último segundo de explosiones desproporcionadas. Por lo general no viajamos colgados del chasis de algún vehículo a dos centímetros del asfalto. Por lo general, repito, porque el miércoles pasado vivimos en carne propia una de esas escenas à la Jason Bourne; una toma interminable, sin cortes ni cámaras que registraran la tan inverosímil realidad que nos tocó vivir. Todo venía sucediendo dentro de lo normal —Pelu y yo en una bicicleta; Pelu con los ojos entrecerrados dejando deslizar algunas de sus frases poco lúcidas; yo pedaleando con desgano, pensando en otra cosa— hasta que un camión apareció de la nada y nos llevó a dar una vueltita a 80 kilómetros por hora.
     Entre sus ruedas.
     Pelu y yo aferrados al chasis como si fuera la vida misma; suplicando y gritando obscenidades a más no poder.
     La cosa fue así: Era eso de las 7 de la mañana; todavía estaba oscuro. Íbamos con abrigo y bufanda hasta los ojos para aguantar el frío, compartiendo la misma bici (una playera sin frenos): yo pedaleando y Pelu sentado en el manubrio con su cara habitual de marmota recién levantada. Vamos a mediana velocidad por Edison, haciéndole la guerra fría al frío, acompañados por la voz de Pelu asordinada por la bufanda. «Welcome to the jungle» desafina Pelu con voz de chimpancé ebrio, mientras yo pienso qué será de la chica de la panadería. Nos vamos acercando a la Panamericana; ya veo el puente y acelero para que no nos crucen los autos que vienen por la colectora. Pedaleo con fuerza y siento el aire helado en los pulmones. Cuando estamos a punto de pasar por debajo del puente siento que, de repente, de un tirón, aceleramos bruscamente.
     Todavía sin saber qué está pasando, siento el rugido de un motor a centímetros de mi espalda. Giro la cabeza y veo el logo de Mercedes Benz gravitando encima mío como un demonio alemán al acecho. Lo demás pasó tan rápido que me cuesta reconstruir la secuencia:
     El camión acelera.
     La bicicleta empieza a levitar.
     Yo pedaleo en el aire como el pibe de la película de ET.
     Por unos segundos Pelu es ET, un ET pálido y melenudo que se aferra al manubrio como si estuviera al borde de un precipicio.
     En cuestión de segundos, la bici sale disparada hacia el costado de la ruta, tratamos de agarrarnos del paragolpes, pero pasamos de largo. Quedamos boca arriba debajo del camión, manoteando fierros, cables, lo que sea, para evitar quedar enroscados en las ruedas o que el eje trasero nos parta en dos.
     —¡Pará, pará, hijo de mil… —escucho la voz de Pelu entre el rugido insoportable del motor—. ¡Pará, loco! ¡Nos vas a matar!
     —¡Pelu, agarrate bien, aguantá, aguantá! —grito casi sin escuchar mi voz.
     Gritamos como chicas histéricas, como nenes haciendo berrinches rabiosos, como hinchas fanáticos de fútbol protestando el penal que no fue. Pero es inútil, ahí abajo no somos nada ni nadie, no tenemos voz. Después de un rato —no sabría decir cuánto— dejamos de gritar, como si intuyéramos que necesitamos cada gota de energía para seguir colgados del chasis, para aguantar como podamos. Tengo el pie derecho enganchado entre dos fierros y el brazo derecho entre un manojo de varas de acero y cables. ¡Aguantá Pelu, no te sueltes! A pesar del frío, traspiro como un condenado a muerte. Siento un dolor fuertísimo en el estómago, como si me estuvieran desgarrando el abdomen. ¡Pará infeliz! Por favor pará el camión. Me duelen los brazos, las manos, la nuca. A cada rato siento en las piernas, en la espalda, en la cabeza, las diminutas pero fulminantes piedras que salen disparadas con el paso del camión sobre el asfalto. Pelu está callado; creo que llora.
     Por un momento siento que hasta acá llegamos; this is it, dirían en las pelis yanquis, hasta la vista, baby. En un instante la vida se vuelve un montón de fierros tibios y temblorosos a los que me aferro desesperadamente; la vida es el asfalto que se mueve a 80 km por hora a centímetros de mi espalda. Los únicos seres vivos somos Pelu y yo. Lo único que importa en la vida es no soltarse, aguantar hasta el final.
     —¡Pelu! —digo a gritos mientras lo miro de reojo, con la cara pegada a parte del chasis— ¡Pelu, agarrate fuerte, carajo!

     Creo que por primera vez en mi vida siento por Pelu algo parecido al cariño. Aunque no puedo verlo, siento que mi hermano me mira, que de alguna manera me responde con la mirada. Su silencio tiene mucho de despedida.



Continuará el próximo lunes.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 14



     Me despertó una especie de aleteo dorado que me cruzó los párpados. Me levanté sobresaltado, perdido. En la oscuridad de la madrugada, mientras trataba de orientarme, lo vi a Pelu. Estaba sentado en el suelo en la misma posición en que se encontraba la última vez que lo había visto. Me pareció ver una especie de estela dorada en el aire, algo raro, aunque seguro era un efecto visual causado por mirar de golpe la oscuridad; no sé, uno de los engaños que nos juega la vista en la penumbra.
     Todavía un poco dormido me acerqué a Pelu. El infeliz seguía ahí, como incubando un huevo. Le estaba por hablar, pero el instinto se me adelantó. Fue un reflejo, creo.
     Le zampé el más glorioso y traicionero de los coscachos.
     No es para mandarme la parte, pero fue simplemente perfecto: el más hermoso de los coscachos que di en mi vida; que nadie, jamás, haya dado en su vida. Un violento guadañazo en la oscuridad que despertó a Pelu de su estupidez meditativa, quizá hasta le acomodó un poco las ideas y lo dejó tirado boca abajo en el suelo. 
     —¡Pero la… ¿quién…?! —masculló Pelu mientras se incorporaba, más perdido que turco en la neblina.
     —¿Dónde miércoles estabas, Pelu?
     —¿Pero qué hacés, infeliz? ¿Por qué la violencia?
     —No sé… me salió —dije justificándome—. Fue un reflejo…
     —Sí, seguro… Me parece que a mí también se me va a escapar un reflejo.
     —Te estoy preguntando que dónde estabas —pronuncié mientras prendía una lámpara que, más que iluminar, ensució la oscuridad con un turbio resplandor.
     —¿Qué se yo? Por ahí…
     —Por ahí… ¿Y dónde es por ahí?
     —Difícil de saber, a veces… Además, te metés a mi cuarto, me propinás terrible golpe ¿y encima me hacés un interrogatorio?
     —¡Es que Pelu… me tenés de los pelos, viejo! Primero meta desaparecer todo (todavía no encuentro el CD de Los Piojos ni el calzoncillo azul, que es el único que no está todo agujereado) y después te desaparecés a cada rato como un Gasparín cualquiera.
     —Loco, pero yo no molesto a na…
     —Y encontré el librito ese para desaparecer y qué se yo qué otra gansada.
     —¿Qué libro? —largó Pelu con voz de ganso castrado.
     —El libro para trastornados que tenés abajo de la cama, no te hagas.
     —Igual, ese libro es puro verso. No funciona, loco. No se puede desaparecer totalmente.
     —Ah, ¿no? —dije tomándole el pelo—. Ta’ bien. Entonces, se puede desaparecer, pero no totalmente.
     —Claro.
     —¿Y cómo es eso, Pelu, a ver? —pregunté solo para ver hasta dónde me llevaba la conversación.
     Lo que siguió fue muy raro. Demasiado raro. Pelu respiró hondo y comenzó a contarme, con detalles inútiles, algunas de sus supuestas desapariciones. No sé si por cansancio, por simple curiosidad o porque sencillamente no me entraba en la cabeza lo que decía, no lo interrumpí; dejé que largara el rollo, que me contaminara la mente con su delirio mientras lo escuchaba con la boca y los ojos más abiertos de lo normal.
     —Te digo: no se puede desaparecer por completo —repetía a cada rato, con un aire de frustración—. Siempre estamos en algún lado.
     —Umn… Y… ¿qué se siente desaparecer?
     —Desaparecer es… es algo entre quedarte dormido y desmayarte —explicó sentado en el suelo como un buda melenudo e irreverente—. Es un desmayo de cuerpo y alma. Es como sumergirte en el medio del océano y quedarte dormido, y sentir que un remolino infinito te traga.
     —Ah… clarito. Un remolino infinito…
     —Sí, algo así. No es fácil de explicar.
     —No, sí. Me imagino…
     —Desaparecer —dijo entonces con cierto desencanto— es simplemente irse a otro lado. 
     Entonces comenzó a relatar qué era ese “otro lado”. La lista de “sublugares” —palabra que repitió varias veces y que enseguida recordé que había leído en el libro— era inacabable, tanto en extensión como en su grado de paranoia. Según Pelu, las desapariciones lo llevaron al azar al más impensado de los sublugares, muchísimos de los cuales ahora me cuesta recordar. Dijo que la primera vez apareció adentro del carozo de un durazno, en donde había dos “señoras raras” vestidas de negro que jugaban a las cartas o al ajedrez. Otra vuelta apareció en un desierto de nieve en el que estuvo perdido un tiempo, para luego descubrir que el desierto era en realidad la cana de una anciana que vivía en un mundo paralelo al nuestro —un espejo de nuestro mundo— en algún punto del espacio, junto a un cartel luminoso que decía “Hasta acá llega el universo, a partir de aquí todo está privatizado”. Comentó que viajó hasta los sueños de un gorila de la selva amazónica y hasta un lugar muy azul —“más azul que el color azul”, en las palabras de Pelu— en el que dos milenarios viejitos orientales jugaban a las bochas con planetas.
     —Ojo —aclaró Pelu con toda seriedad—, no eran bochas que parecían planetas; eran mundos de en serio, como si dos tipos de repente agarraran y se pusieran a jugar a las bochas con Venus y Saturno. ¡No te imaginás el despelote que era eso!
     —No, Pelu. La verdad que no me imagino.
     —Me di cuenta —siguió repitiendo hasta el cansancio— de que no se puede desaparecer totalmente. Uno siempre está en algún lugar. O en algún sublugar.
     —…
     —Lo que pasa es que todo es materia, por eso no se puede desaparecer totalmente. Hasta el tiempo es materia, viejo. En uno de los sublugares que visité, en una caverna o gruta, me pareció que toqué el tiempo. Era una cosa que estaba ahí, que me rozaba y se confundía conmigo, como si estuviéramos hechos de la misma materia. No sé cómo explicártelo.
     —No, no. Te entiendo clarito —aclaré ya bastante asqueado de tanta degradación mental—. Es como si hubieras tocado, suponete, un sorete de perro… y después te das cuenta de que eso y tu cerebro tienen la misma materia, exactamente igual que el porro que te habrás fumado…
     —Te estoy hablando en serio, che. ¿Ves que no te puedo contar nada?
     —¿Pero qué querés que te diga, Pelu? Me venís con cada cosa, hermano. ¿Qué te fumaste?
     —Nada. ¿Qué voy a fumar? Te estoy hablando en serio.
     —Pero me estás cargando, Pelu. Ya estamos grandes, che. Aparte, ¿no te podrías haber aparecido en la torre Eiffel, las pirámides de Egipto o en un partido del Barça, qué sé yo, algún lugar un poco más normal? No, tenías que aparecerte en un durazno o en la caspa de un gorila… Dejame de hinchar…
     —En el sueño de un gorila.
     —Da igual, Pelu. En el sueño de un gorila. ¡En el sueño de un gorila!
     —Hay cosas más raras…
     —…
     —No te imaginás lo raro que es estar en un libro de Borges —dijo batiendo la mano derecha—. Hay demasiados laberintos, loco. Estuve como tres días para salir de ahí. Y siempre con el peso insoportable de tener en la nuca la mirada de un ciego. Nadie mira con más intensidad que un ciego, te lo digo…
     —…
     —Pero lo más extraño fue estar entre las palabras de un tipo… un escritor… bueno, no sé si es escritor, pero escribe… un tipo raro con nombre raro. Pero la palabra entre no es la correcta. Sentí que yo era las palabras, que las palabras me daban forma, ¿entendés? Como si yo estuviera hecho de tinta, de pixeles, de electrones, de ese espacio blanco atravesado por líneas negras que forman y deforman la realidad. Vos también estabas ahí, y mamá, pero no se daban cuenta. Y el tipo ese nos hacía y deshacía como quería y ponía palabras en mi boca hecha de palabras. Fue muy raro, loco, muy raro…
     —Pelu, con vos TODO es raro. No hay una sola co…
     —¿Y si realmente es así? —me interrumpió Pelu ensimismado en sus pensamientos—. ¿Y si nomás somos palabras en una página o en una pantalla? ¿Y si somos monigotes en la mente de algún escritor o, peor, algún bloguero de esos que vos seguís? Y si el tipo se cansa de escribir, si se aburre ¿qué va a pasar con nosotros? Decime. ¿Se acaba todo?
     —Y bueno, ahí desaparecés totalmente, que al final es lo que tanto querías, ¿no?
     —No, te digo que nunca desaparecés totalmente. Eso no existe. Pero lo que me preocupa realmente es que el tipo ese se canse de escribir y nuestra vida quede colgada, en espera, en ninguna parte.
     —¿Qué tipo, el bloguero? —dije con total escepticismo—. Mirá, Pelu, nadie está controlándote a vos ni a mí; no somos marionetas.
     —No sé, loco, no sé…
     —Escuchame: A vos puede ser que alguien te esté controlando, porque no se pueden decir tantas pavadas por voluntad propia, pero yo no soy títere de nadie; yo hago lo que se me pega mi regalada gana.
     —¿A ver? Demostralo. ¿Por qué no hacés algo que el tipo ese nunca se imaginaría?… algo que lo descoloque…
     —¿Descolocar a quién?
     —Al tipo que nos escribe. Ya sé —prosiguió Pelu con un brillo fugaz en los ojos—, salí a la calle, tocá la puerta del vecino, ahora mismo, la puerta de don Octavio, y cuando salga enchufale un beso en la boca.
     —¿Estás loco?
     —No, te hablo en serio. No tiene sentido, y por eso mismo lo tenés que hacer. Tenés que agarrarlo por sorpresa, revelarte. Si no querés dárselo a don Octavio, dáselo a su nieta, no importa.
     —¡Pero estás de la cabeza, Pelu! No voy a ir en plena madrugada a darle un beso ni a don Octavio, ni a su nieta, ni a nadie. ¿Pero qué tenés en el marote, hermano?
     —¿Ves? El tipo ese te tiene controlado… te tiene agarradito de las polainas.
     —Mirá: con vos no se puede hablar —dije más resignado que fastidiado—. Mirá que intenté. Pero ya está bien por hoy, loco. Ya estuvo. Me voy a dormir.
     —Andá nomás. Andá a tu camita, que es exactamente lo que debe estar escribiendo el tipo ese…
     —Sí, sí… y vos andá a meditar, gil.
     Ya no me importaba nada. Pelu podía desaparecer, viajar por el universo y cada uno de los sublugares del inframundo o aparecerse en la casa de la tía Polola, me daba igual. Solo quería dormir; nada más. Dormir en santa paz y, sobre todo, dejar de escuchar a Pelu, que ya me estaba reventando la cabeza e inflando la paciencia. Me fui de su cuarto y entré al mío, con la voz insoportable de Pelu todavía desafiándome a revelarme contra nuestro supuesto controlador. Cerré la puerta, me saqué los pantalones y me metí en la cama. Podía caerse el mundo a pedazos; lo único que a mí me importaba era disfrutar ese placer horizontal, esa necesidad tan básica de desplomar el cuerpo y poner la mente en standby. Me acomodé entre las sábanas hasta que encontré la posición perfecta y por un instante sentí algo que tenía gusto a felicidad. Tengo ganas de dormir y me acuesto a dormir y a la lona, viejo, sin que nadie me esté mandando, me dije a mí mismo mientras comenzaba a entrar a ese limbo mental que precede el sueño. Me preguntaba qué sueñan los gorilas. Me preguntaba si es posible que exista un mundo paralelo al nuestro. Me preguntaba qué habría pasado si hubiera ido a tocarle la puerta al vecino y por qué nunca haría algo así. De repente ya no estaba tan cómodo. Quería dormir y no podía. Como si una fuerza sobrenatural hubiera decretado que no, que esa noche no iba a dormir. 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 13



     Llevo semanas tratando de descifrar el libro secreto de Pelu. Creo que voy comprendiendo. Creo que me estoy volviendo loco. Creo que esa es precisamente la clave: perder todo sentido de cordura y ver las cosas con la lucidez de la demencia.
     La semana pasada me di cuenta de algo que antes no había tomado en cuenta: muchas de las páginas del libro tienen una levísima marca que las atraviesa verticalmente por la mitad; era evidente que alguna vez habían estado dobladas. “Acá hay algo”, pensé, y doblé una de las páginas marcadas siguiendo el pliegue vertical. No lo podía creer: las oraciones que resultaron de la combinación de la mitad izquierda de la página 52 con la mitad derecha de la página 54 eran frases perfectas; muy raras, pero gramaticalmente perfectas. Por primera vez, el libro decía algo que podía llegar a tener algún sentido. Hice lo mismo con todos los dobleces que encontré —23 en total— y leí cada uno con una avidez abismal, como un monje rabioso a punto de descifrar el Código da Vinci.
     Algo no cerraba. La combinación de mitades de páginas tenía sentido cuando leía cada una por separado, pero al leerlas en orden era como si estuviera leyendo algo entre un manual de antiayuda y el testamento de un suicida desquiciado. El orden no era correcto; faltaban cabos. Faltaba volverme un poco más loco.
     Quizá faltaba ponerme a hacer las gansadas que hacía Pelu. En las últimas semanas, varias veces lo sorprendí en su cuarto a absurdas horas de la noche, encuerado, con su ridícula vinchita dorada y sentado en el piso en una incómoda posición de yoga o algo así, por momentos balbuceando algo que no eran palabras y que tenía bastante de clave morse.
     —¿Pero qué estás haciendo, Pelu? —le pregunté una noche con total aire de censura.
     No hubo respuesta. Pelu siguió enfrascado en su idiotez meditativa como un budista à la Yoda; como si lo que estaba haciendo fuera la cosa más normal del mundo, y yo, en cambio, fuera el ingenuo desequilibrado que no comprendía nada, que estaba demasiado trastornado como para ver la realidad.
     Y las desapariciones. Pelu seguía desapareciendo de la forma más misteriosa. Anoche no aguanté más. Paso por su cuarto y veo a Pelu de reojo en su posición habitual; vuelvo sobre mis pasos literalmente dos segundos más tarde y Pelu ya no está. ¡El tipo no-es-tá! Lo busqué por todos lados: debajo de la cama, entre una pila de ropa sucia, abajo del escritorio… abrí hasta los cajones del armario. “Nunca se sabe”, pensé, “con tanto yoga, capaz que se contorsiona y se esconde en el cajón menos pensado, entre los calzoncillos y las medias”. Pelu simplemente no estaba. El infeliz de verdad había desaparecido.
     No podía ser. Me quedé en su cuarto esperando hasta que apareciera. Tenía que ver cuál era el truco. Ya me imaginaba al tarado de Pelu asomándose por la ventana o sacando la cabeza de algún escondite secreto y yo ahí esperándolo para acomodarle un buen manotazo en la bocha o sacudirle con lo primero que encontrara a mano. Pensé en lo limpio y traicionero y hermoso que es ese golpe que no se inventó para lastimar, sino para humillar: el viejo y querido coscacho. Hay algo casi poético en el chasquido que provoca la mano sobre la coronilla de la cabeza, la vuelta de la muñeca al dar el impacto, el chanfle perfecto en el momento exacto, la violencia justa del golpe, esa mueca de satisfacción incontenible en la cara... No es un golpe cualquiera, no señor. Es todo un arte. Es poesía, viejo. Saboreé el momento, imaginé cada detalle: su cara de idiota invisible saliendo del escondite, mi mano abierta acomodándole un glorioso coscacho en la cabeza, el placer fugaz de descargar todos estas semanas de absurda espera de un saque…

     Y esperé. Y esperé. Primero sentado en la cama; después acostado. Esperé…
     Esperé hasta que me ganó el sueño.