miércoles, 19 de febrero de 2014

De tapas y puertas


     La tapa de un libro dice mucho. Por supuesto, lo más importante de un texto es su contenido; de eso no hay duda. Pero hay tapas que tienen algo… un magnetismo extraño que hace que uno se detenga en la vidriera de una librería y pegue la nariz contra el vidrio con esa forma de mirar tan obsesiva de los niños, los borrachos mal recuperados o ciertos mimos delirantes.
     Existen cubiertas de libros que a simple vista no llaman la atención, que se pierden en el montón. Hasta que uno las observa bien. Entonces comienzan a pasar cosas. Se abren puertas invisibles.
     Hay otras tapas que directamente no dicen nada, que empobrecen el libro, que lo condenan antes de que uno llegue a abrirlo. Me dan pena esos libros.
     Me encantan las tapas que desafían al olvido. Son como rostros que persisten tercamente en la niebla de la memoria, como estacas enterradas en campos de imágenes y palabras.
     Me gustaría compartir con vos, de vez en cuando, algunas de las mejores tapas que cruzan mis ojos. Cubiertas que, independientemente del contenido del libro, y en mi humilde opinión, se destacan. Tapas llenas de personalidad, de arte, de silencio, de preguntas, de vida.
     De puertas.

     Acá van las cinco que me agarraron el ojo esta semana. Miralas bien; no corras; tomate un minuto. Observá.
     Las puertas tal vez comiencen a abrirse.
     Y cruzarlas es algo hermoso.

































miércoles, 15 de enero de 2014

Dulce amargura




     El mundo está loco, déjeme que le diga… loco, loco. Sin ir más lejos, esta mañana me habló el mate. ¿Qué le parece? Sí, sí, así como le digo: el mate me habló. Lo tenía preparadito sobre un repasador, frente a mí en la mesa, mientras miraba una noticia de Crónica sobre un senador que, en plena sesión de la cámara de senadores o qué sé yo lo vieron entrar a un motel con una mujer que no era la esposa, así nomás, a plena luz del día, como Pancho por su casa; imagínese cómo están las cosas que ya todo el mundo hace lo que se le da la gana sin el menor pudor… Pero bueno, estaba mirando las noticias tranquila cuando, entre mate y mate, escucho que alguien me habla. Era una voz de hombre. Y usted sabe que yo estoy sola y que no meto hombres en casa; imagínese, a mi edad. Sí, sí, era una voz, pero le digo que no había nadie. Miro para todos lados y nada. Y cuando me levanto para sacar las tostadas del tostador, escucho la voz de vuelta; clarito, ahí en la cocina. No se imagina el julepe que me pegué. «¿Pero quién habla?», pregunté agarrando un cuchillo embadurnado de jalea de membrillo. «Soy yo, el mate», me contesta la voz. Y miro y sí, la voz venía del mate y hasta me pareció que la boca de la bombilla se movía. «Che, Negrita, pasate el azúcar, dale», me dice el mate. Yo me quedé dura. «Dale, Negri, no le aflojés al azúcar, y calentate el agua que hace un frío de locos por acá», me volvió a decir. ¿Me lo puede creer? Así me dijo el mate. Me hablaba como si fuéramos chanchos amigos, me tuteaba, me decía “Negrita”, “Negri”… con lo que detesto que me digan “Negri”. Hasta me mandó que cambiara de canal y que le trajera el diario. Ya no hay respeto, no hay nada… ni el mate la respeta a una. El mundo está loco, le digo… loco, loco.


martes, 31 de diciembre de 2013

Predicción irreverente del año 2000



     
     En el año 2000 las escuelas francesas tendrán máquinas que transmitirán el contenido de los libros directamente al cerebro de los alumnos por medio de imperceptibles ondas telegráficas que, a través de los oídos, penetrarán la tierna mente de los escolares. La máquina tendrá la capacidad de codificar la escritura en una versión en código Morse de La Marsellesa, la cual los alumnos escucharán una y otra vez durante 6 horas diarias o hasta que la mayoría de ellos rompa en llanto, vómitos o gritos despavoridos. La prodigiosa máquina será capaz de procesar y transmitir múltiples libros a la vez, a menudo en el orden correcto, aunque no es recomendable mezclar textos históricos con aquellos de ciencias exactas o novelas británicas en las que se representen personajes afeminados y mujeres de la calle. Eso sí: A pesar de su avanzada tecnología, la máquina deberá operarse manualmente girando una tosca manivela, tarea que se reservará para el tontito de la clase. 

     Los posibles efectos secundarios del uso de esta maquinaria (recurrentes pesadillas sobre malvados conejos vestidos de frac; brutal insociabilidad y egocentrismo; agresividad extrema y alarmante tendencias suicidas, homicidas, regicidas e insecticidas; pésimo y obsesivo sentido de la moda; enfermiza adicción a la tecnología y en particular a la estimulación auditiva; tendencia a cacarear como gallina al son del himno nacional) se harán evidentes probablemente hacia el 2014.

                                                                                     Fernand Mérimée
                                                                                     Talange, 1899




Esta ilustración es parte de un grupo de predicciones que algunos creativos artistas franceses hicieron entre 1899 y 1910 acerca de cómo sería el mundo en el año 2000. En una cosa no se equivocaron: los pibes del siglo XXI no se sacan los auriculares ni para meterse a la ducha.
Por si te interesa ver otras predicciones: 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Maraña 2.0



     —¿Ves? Ese con el kayak rojo, acá abajo, entre estos dos amarillos, ese soy yo —señaló Alberto con orgullo.
     —¿Cuál, tío? Es que hay varios rojos, todos juntos —respondió Pancho, perdiendo su lúcida mirada de niño en una maraña de colores, de cosas que parecían personas o personas que parecían cosas y que le recordaba tanto a esos turbios rompecabezas de 5.000 piezas en los que se perdía el abuelo.
     —Este de acá.
     —…
     — No, pará… este. Sí, este pegado al kayak gris. No… a ver…
     —…
     —Bueno, uno de estos dos soy yo. Creo que este.
     —Ah…
     —Estaba ahí, Panchito, flotando feliz en medio de una marea increíble de gente y colores, cuando la vi… y el mundo se cayó a pedazos.
     —¿A quién viste, tío?
     —A la mujer de mi vida.
     —…
     —En el instante que la vi lo supe, Panchito, no tuve la menor duda. Era la-mujer-de-mis-sueños.
     —¿Cómo sabés, tío, que era la mujer de tus sueños?
     —No sé cómo, pero lo sabía. Cuando crezcas me vas a entender. Nos miramos a los ojos y fue como si un cupido desquiciado me ensartara no una flecha —¡una tremenda lanza!— por la espalda. Ella estaba como a diez o quince kayaks de distancia, me clavaba la mirada y sonreía y yo no sabía cómo hacer para acercarme a ella. No sabés cómo intenté remar, Panchito, pero no se podía en ese infierno flotante. Yo estaba meta remar —meta intentar remar— y cada vez que alzaba la vista para verla, ella estaba más lejos. Y me miraba; me miraba con una sonrisa que no te puedo describir. Y yo ahí flotando como un tarado entre tantos tarados que se multiplicaban entre ella y yo. Entré a insultar, a meter remazos para todos lados, me peleé con dos o tres tipos que no abrían paso… estaba enloquecido, Panchito, enloquecido. Y cuando alcé la vista en busca de esos ojos de ángel, no la encontré. No estaba. Nunca más la vi. La perdí, Panchito, la perdí para siempre. Después de que terminó todo la busqué por horas, pero no estaba. Se la había tragado el mar, no sé…
     —…
     —Y no tenés idea las veces que la busqué en esta foto, qué se yo, para verla aunque sea así, de arriba. Pero es imposible, Pancho, es un laberinto, una maraña de botecitos de miércoles que confunden todo.
     —…
     —…
     —Tío.
     —Sí, Panchito.
     —Mamá tiene razón: necesitás una novia —pronunció antes de levantarse de la mesa para ir a jugar con las figuritas.


Foto: One Square Mile of Hope por Nancie Battaglia