jueves, 8 de octubre de 2020

A la distancia

 



Cuando leas estas tenues palabras, 
el agua bajo mis pies será vapor.  
Será el llanto que inunda el aire, 
la lluvia lejana que apaga el ardor. 
Solo, a la distancia, 
acaso sentiré que soy real, 
que detrás de las máscaras 
nuestra mirada fue más que un naufragio 
en un océano de sal. 

Cuando leas estas tenues palabras, 
el tiempo se habrá llevado mis rasgos 
como hojas secas en la corriente. 
No seré más que niebla. 
Una sombra blanca y borrosa 
que se aferra a tu mente, 
que languidece, que tiembla. 

 


 

 Foto: Left behind por Kristina Alexanderson

jueves, 9 de abril de 2020

Nunca dejar de caer




   Con los pies en el aire, con la visión centrífuga que produce el giro constante, la realidad se parece mucho a un sueño distorsionado del fin del mundo. Así lo piensa Ahmad mientras vuelve a contorsionarse entre el humo y el silencio, como un acróbata sin red, sin suelo, sin mundo donde caer. Podría girar hasta el cansancio, pero el fuego, el odio y el hambre estarán esperándolo ahí abajo, agazapados entre los escombros, asfixiando a lo que queda de su familia, desfigurando a su pueblo. Por eso vuelve a treparse a los vestigios de su mundo. Toma carrera. Respira hondo. Corre sin pensar en el zumbido de los aviones a la distancia. 
   Y salta.  
   Salta al vacío. 
   Salta sin miedo a nunca dejar de caer.



Fotografía de Mohammed Salem/Reuters

martes, 31 de marzo de 2020

Final del viaje



Cuando mires atrás,
sabrás que el tiempo siempre estuvo allí,
inmóvil,
sereno,
como una puesta de sol eternizada en el horizonte;
como rieles mudos sobre el abismo,
como el viento en su seno.
Sabrás que el viaje fue otro,
siempre fue otro.
Llegarás a vislumbrar, quizá,
el silencio que atraviesa las cosas,
las sombras que nacen bajo el resplandor,
las nubes que se pierden en la memoria.
Comprenderás, acaso,
que tú fuiste el viaje;
tú fuiste el tiempo
que poco a poco, lentamente,
se habrá ido,
hasta convertirse en sombras,
hasta volverse olvido.



sábado, 6 de enero de 2018

Todas las luces



Por un instante, la eternidad
fue precisamente eso: un instante.
El universo, algo pequeño e íntimo;
algo que, con extraña fragilidad,
se alejaba de la palabra infinito.
Un cielo improvisado,
surcado por estrellas artificiales;
faroles galácticos,
barcas flotando en el abismo,
luces salpicando la oscuridad, desnudándola.

Intuí que estabas allí,
gravitando en la noche,
entre los destellos,
en el ambarino fulgor de las lámparas.
Supuse que Borges aventuraría que ese instante
era cada uno de los instantes,
que cada luz era todas las luces.
Comprendí que yo sabía menos
de los vericuetos del tiempo
que de los lejanos rasgos de tu faz
o los recónditos mecanismos de la memoria.

Por un instante, olvidé
la forma de mi propio rostro.
Por un momento, apenas,
creí recordar el tiempo exacto
de mi creación:
el preciso instante en el que
mi honda oscuridad
se tornó luz:
un fulgor ínfimo,
casi imperceptible,
que rasgó para siempre
el etéreo velo de la noche.

Ahora sé que Tú eres el origen vivo
del resplandor.
Yo, aún, un débil centelleo
que no acaba de nacer.





Foto: Alex Wong; Brendan Smialowski / Getty      

miércoles, 21 de junio de 2017

Clon #3




Antes de perderlo todo se sentará en la cornisa. Sentirá nostalgia de ese momento, del montaje de su existencia. En el vértigo de la noche, se preguntará si su nombre es más que una sombra entre los espejos. Dudará de sus sueños, de sus lágrimas, de su rostro. Hasta el último instante de su caída al vacío se preguntará —con rabia, con desesperación— si el recuerdo de Elena es suyo o del otro.



Fotografía de Jacob Riglin 

lunes, 12 de junio de 2017

Nadie es tan fuerte: todos somos vulnerables


   Descubrí Nadie es tan fuerte el mes pasado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Llevaba horas flotando en una marea de tinta y papel, perdiéndome alegremente entre pasillos que —estoy seguro— habían sido diseñados para que los visitantes naufragáramos en un océano de libros. Imagino que a la distancia, para algún espectro borgeano que sobrevolara a gran altura, no habremos sido más que una multitud de hormigas surcando encrucijadas, o palabras desordenadas queriendo regresar a los textos.
   En cierto momento la corriente me llevó por un pasillo similar a todos los demás, pero donde encontré un stand que cautivó mi atención de inmediato. Era el espacio de una editorial nueva y pequeña llamada Modesto Rimba.
     Lejos de la pomposidad de algunas de las editoriales más grandes, el stand de Modesto Rimba era —haciendo honor a su nombre— modesto, simple, minimalista. No había grandes estantes saturados de ejemplares ni pilas de textos condenados bajo algún cartel de oferta, sino una pequeña colección de títulos que, precisamente por su reducido número, investía a los libros de cierta grandeza. El efecto era el de esas vidrieras en las que se destaca un solo artículo, imponente bajo el resplandor de las luces.
     En cuanto me detuve en el stand, me cautivó el distintivo diseño de las portadas de la colección. De entre las miles que habían cruzado mis ojos ese día, éstas se destacaban por su originalidad y frescura. Supe que había encontrado algo diferente, especial. Hojeé varios de los libros expuestos, y sinceramente hubiera querido llevármelos a todos, pero terminé eligiendo uno del escritor rosarino Pablo Colacrai. O acaso el libro me eligió a mí.
     Me sentí atraído por el título: Nadie es tan fuerte. Ahora que he leído y releído el libro, siento que esas cuatro palabras captan la esencia de esta cautivadora colección de cuentos. Decir que nadie es tan fuerte es implicar, a su vez, que todos somos débiles, vulnerables. Esa dicotomía fuerza/debilidad es uno de los hilos invisibles que entretejen la trama de los relatos del libro. Por medio de historias pequeñas, cotidianas e íntimas, Colacrai explora tanto la fortaleza como la fragilidad humana, la vulnerabilidad emocional de la que nadie, ni el más fuerte, está exento.
     La nostalgia, la decepción, la ausencia, el recuerdo, el amor y el desamor son algunos de los monstruos etéreos que enfrentan los personajes del libro. Con la elocuencia de un lenguaje directo y honesto, libre de ampulosidad, Colacrai esboza el complejo trasfondo que subyace en toda situación, incluso en el más simple y pequeño de los momentos. Las circunstancias cotidianas que se describen en Nadie es tan fuerte intuyen que toda vivencia es mucho más de lo que parece; que el pasado y el futuro conviven y traspasan cada uno de los momentos que pueblan la vida; que a menudo lo más importante de un instante es lo que se esconde en la tensión del diálogo, en los gestos, en las miradas, en los silencios, en algún recoveco de la memoria.
     Con un enorme talento para desmenuzar instantes y crear atmósferas en las que se vislumbran anhelos y sentimientos profundos, Pablo Colacrai nos recuerda que estar vivo es ser vulnerable. Nadie sale ileso de las batallas cotidianas de la vida. Nadie es tan fuerte.



Pablo Colacrai
Nadie es tan fuerte
Buenos Aires: Modesto Rimba, 2017



jueves, 27 de abril de 2017

Ángeles negros




     Más allá del velo que ocultaba su rostro, reverberaba algo incomprensible, un aura que resplandecía en su propia oscuridad, que se adueñaba de todo lo que tocaba. Lo supe en cuanto la vi. En un instante todo dejó de ser lo que había sido; el mundo que me rodeaba quedó abolido en un abrir y cerrar de ojos.
     Es que fueron ellos —sus ojos— los demonios que hicieron que la escenografía de la realidad se desplomara en silencio, en una furiosa cámara lenta. A partir de entonces todo se ha ido perdiendo entre los pliegues de la memoria: Quetta, la procesión de burkas negras, los gritos, la sangre. Todo se hunde en la densa marea del olvido. Todo menos sus ojos.
     Ahí están.
     Aún los veo.
     Se aferran del recuerdo como ángeles negros al borde del abismo.




Imagen: AP Photo/Frank Augstein