Recién pensé en un punto. Un punto cualquiera,
perfectamente redondo, perfectamente negro, impenetrable, mudo, minúsculo, sin
principio ni final… de alguna manera infinito. Pensé que un punto es todos los
puntos (o imaginé que Borges conjeturaría algo parecido). Pensé: ¿por qué estoy pensando en un punto? Me
dije: Debo estar loco o asquerosamente
aburrido. Concluí: Debe ser lo
primero. Sonreí; me puse serio. Seguí pensando en el punto y ahora escribo
sobre un punto cualquiera e intento concebir ese preciso y ambiguo círculo, su
verdadero significado, las oscuras implicaciones de escribir un punto, los
mundos que llegan a su fin dentro de esa insignificante esfera. Sospecho que
pronto habrá un Punto Final. Tal vez sea eso… tal vez por esa
razón pienso en un punto. No debo estar tan loco.
miércoles, 16 de mayo de 2012
martes, 1 de mayo de 2012
Desde ningún lugar, en todas partes
El sueño iba así:
Un gordo con cara de paloma obesa me perseguía en la oscuridad de las calles de una ciudad cualquiera. Las calles eran Chicago,
Ámsterdam o la gélida
escenografía de una película de
Hitchcock. La noche era la noche, pero enrarecida, en blanco y negro, de alguna
manera infinita. El gordo no paraba de seguirme; aparecía en cada esquina o se
asomaba por alguna ventana entreabierta y simplemente me miraba directo a los
ojos con la intensidad de un homicida o un poeta desquiciado. La cara misma de
inocente lo hacía culpable de algo atroz; algo en sus ojos reflejaba un deseo
oscuro. A veces distinguía su silueta regordeta recortada en medio de la
calle, a la distancia. Entonces tomaba otra camino y comenzaba a correr con
todas mis fuerzas, solo para volver a encontrar ese rostro y esa sonrisa
—porque creo que su mueca era una sonrisa; estoy casi seguro de que el gordo sonreía— frente a mí en
otra calle o detrás del cristal ambiguo de una ventana.
Por horas o años fatigué calles sin nombre,
corriendo como un idiota despavorido, mirando para todos lados para encontrar
con terror, una y otra vez, el mismo hombre regordete, su ridícula sonrisa y su ridículo sombrerito. Una
de las esquinas finalmente desembocó en un callejón sin salida. Giré sobre mis
talones para regresar, pero el hombre ya estaba allí, proyectando su sombra
deforme sobre mí. Corrí por el callejón; corrí, corrí, corrí. Corrí como un
pobre infeliz, como una burlesca caricatura de mí mismo. Entonces, por primera
vez, el gordo empezó a correr detrás de mí. Sobre mi hombro cobarde vi los
pasos de sus zapatos diminutos sobre el asfalto, su cuerpo de morsa trajeada
tambaleándose en una ridícula pero veloz persecución. Su aliento y el eco de su
risa estaban cada vez más cerca. A poca distancia de mí, la pared que cercaba
el callejón se agigantaba y sellaba mi destino.
Desperté antes de llegar a ella, creo.
Creo que desperté porque ya no es de noche y ya el
gordo no me persigue. Creo que lo que vivo ahora es la realidad, donde no soy
presa de nadie y donde las calles no son infinitas. Aunque a veces —solo a
veces— un escalofrío me recorre la espalda al sentir el peso infinito de dos
ojos regordetes que me observan fijamente, desde ningún lugar, en todas partes.
Foto: Eric Venner, AP Photo, Houston Chronicle, Cody Duty
Foto: Eric Venner, AP Photo, Houston Chronicle, Cody Duty
martes, 17 de abril de 2012
Cosas infinitas
Hay mucha nobleza y luz en este mundo. Hay mucho que admirar. Pero,
por otro lado, cuanto más observo el comportamiento humano, más tristemente
ciertas se vuelven para mí estas palabras atribuidas a Albert Einstein:
"Sólo hay dos cosas infinitas: el
universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera".
lunes, 9 de abril de 2012
Mahatmas
Surcaron horas imprecisas, contemplando desde sus ventanillas los restos humeantes del mundo. Levantaron y curaron a su paso, predicaron sin palabras,
con manos y llagas y hambre. El último pueblo los aguardaba tras el oscuro
puente que se extendía sobre un río de sangre. Allí los esperaban otros niños,
armados con palos y piedras.
Foto: Underprivileged Indian, AP Photo, Bikas Das.
Foto: Underprivileged Indian, AP Photo, Bikas Das.
martes, 27 de marzo de 2012
Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 2
Aquellos de inclinación intelectualmente masoquista, encontrarán la primera parte de las aventuras de Pelu bajo la entrada del 8 de marzo de 2012. No me hago responsable de nada. Y Pelu, menos.
Voy
a continuar con la historia de Pelu por cualquier lado, que es la mejor forma
de contar una historia.
Hace un tiempo, Pelu leyó “Manual de instrucciones”, de
Julio Cortázar. No sé de dónde lo sacó, pero lo leyó. En realidad, es lo único
que leyó de Cortázar, así que Pelu piensa que Cortázar es una especie de autor
de libros de autoayuda; no sé, piensa que la obra de Cortázar consiste en dar instrucciones
de cómo vivir mejor la vida: instrucciones para llorar, instrucciones para
subir una escalera, instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo, etc.
Y que Pelu piense que Cortázar es escritor de manuales de autoayuda me hace
hervir la sangre, viejo; Cortázar es Cortázar.
—¡Pero
infeliz! —me cansé de decirle—. ¿Por qué no leés lo demás que escribió? Tiene
los mejores cuentos que se han escrito.
—No
te lo niego —me contesta Pelu con esa voz de camello apaleado que le sale a
veces—, pero no necesito leer más. ¡El tipo es un genio! Nadie se había tomado
el trabajo de explicar cómo hacer realmente las cosas, che. ¿Te imaginás si hubiera
instrucciones así para todo?
—Escuchame,
Pelu… ¡¿pero no te das cuenta de que es una tomada de pelo?!
—…
Y
bueno, a Pelu se le metió en la cabeza que Cortázar es algo que no es y no hay
nada que hacer... es un tarado.
Lo
peor —para la literatura mundial o, más bien, para la salud mental mundial— es
que, a partir de entonces, Pelu se tomó como una misión personal “iluminar” a
la humanidad con instrucciones de cómo hacer mejor las cosas. De ahí surgieron los
delirios más asquerosamente absurdos que uno se pueda imaginar: “Instrucciones
para limpiarse la cola después de defecar (con o sin papel)”, “Instrucciones
para gritar gol con un pedazo de pizza atravesado en la garganta (con o sin
fainá)” o “Instrucciones para no hacer nada”. Una de las más patéticas:
“Instrucciones para reaccionar cuando tu novia te confiesa que te mete los
cuernos (versión telefónica)”. Es que, lamentablemente, Pelu escribió varias versiones,
una más absurda que la otra: “A los tres meses y quince bofetadas de noviazgo”,
“Frente al estanque de la tía Polola” (cuya versión incluye un intento de
homicidio en el agua, entre los patos), y la inexplicable “Comiendo mondongo en un restaurante”
(¡¿pero en qué restaurante sirven mondongo, y quién miércoles lo va a pedir, me
pueden decir?!).
Bueno,
ya me estoy fastidiando de solo escribir estas idioteces, pero de esto se trata,
de exorcizar todos estos fantasmas de lo absurdo. Así que, con la advertencia
de que leer lo siguiente puede causar serios efectos secundarios, a
continuación transcribo textualmente —y no sin cierto dolor— las “Instrucciones
para reaccionar cuando tu novia te confiesa que te mete los cuernos (versión telefónica)”:
«La
primera reacción que se debe tener al escuchar semejante noticia es poner cara
de incredulidad: la boca semiabierta, las fosas nasales extendidas, los ojos de
huevo tibio. Inmediatamente se debe comprobar que, en efecto, a uno le han
estado metiendo los cuernos. Para esto, alcanza con tantearse la cabeza cerca
del área de la frente y corroborar si hay señales (en ocasiones
pueden ser casi imperceptibles, pero hay
quienes aseguran que el grosor y largo de los cuernos corresponde al número y
frecuencia de las infidelidades, cosa que todavía no se ha comprobado). Una vez que se encuentran las marcas, uno debe
dejarse llevar por el primer impulso: insultar a más no poder (es importante
dejar bien en claro la irritación al escupir con abundante baba las palabras
“perra” e “hija de perra” al menos nueve veces; “zorra” o alguna de sus
variantes unas cinco veces). Una vez que los insultos sequen la boca, si la
novia sigue aún en línea, se procederá a llorar desconsoladamente (véase
“Instrucciones para llorar” de Cortázar). También es recomendable pedir perdón
y/o pedir que le pidan perdón a uno, arrodillándose y dándose golpes
moderadamente violentos en la frente (utilizando la palma de la mano o algún
objeto no punzante, como una banana de goma). Entonces, sin advertencia alguna,
se procederá a colgar violentamente el teléfono y revolearlo contra una
superficie dura (preferiblemente de unos 5 cm de espesor); o no colgar para
nada y, si uno se encuentra en un edificio de más de tres pisos de altura, decir “Hasta
la vista, baby” y dejar caer el teléfono al vacío. En la mayoría de los casos,
la explosión del teléfono al llegar abajo no dañará a la persona del otro lado
de la línea. El último paso consiste en volver a tantearse la cabeza para
asegurarse de que los cuernos estén desapareciendo (a veces este paso puede
llevar algunas horas; si no se achican luego de tres días, untar la cabeza con
una mezcla especial de grasa de chancho, jugo de limón y perejil picado bien
finito, masajear fuertemente la zona con piedra pómez o consultar con un
médico). Una vez que se tenga la confianza de salir al mundo exterior, lo
primero que se debe hacer es comprar un teléfono nuevo».
Creer o reventar. La
semana pasada corté con mi novia. Todo pasó muy rápido… todavía no entiendo
bien qué pasó, qué dije. Solo sé que, de alguna manera que no logro comprender,
seguí las instrucciones de Pelu.
Tuve
que comprar un teléfono nuevo.
viernes, 16 de marzo de 2012
Borges, el poeta
Hace
poco volví a leer Elogio de la sombra,
uno de los libros de versos de Jorge Luis Borges. Se trata de la primera
edición de 1969 que llegó a mí por cosas del azar o por designio de
alguno de los dioses de alguna mitología de alguno de los libros de Borges. Lo cierto es
que, desde entonces, el fantasma de Borges nunca se ha marchado del todo; está
siempre ahí, gravitando sobre mi cabeza y susurrando cosas que a veces creo
comprender.
La
relectura de Elogio de la sombra hizo
que me encontrara con un Borges que hace tiempo no visitaba, Borges el poeta. Un
Borges empeñado en abarcar lo inabarcable, embrujando los versos con espejos y
laberintos; contaminando las palabras de memoria, tiempo y olvido. Pero también un Borges más de carne y huesos, más íntimo.
Comparto
con ustedes uno de los poemas, que bien podría haber sido cualquier
otro. O tal vez no; tal vez debe ser este. Por lo menos, algo así me lo
susurra.
El bastón, las monedas, el
llavero,
La dócil cerradura, las
tardías
Notas que no leerán los
pocos días
Que me quedan, los naipes y
el tablero,
Un libro y en sus páginas
la ajada
Violeta, monumento de una
tarde
Sin duda inolvidable y ya
olvidada,
El rojo espejo occidental
en que arde
Una ilusoria aurora.
¡Cuántas cosas,
Limas, umbrales, atlas,
copas, clavos,
Nos sirven como tácitos
esclavos,
Ciegas y extrañamente
sigilosas!
Durarán más allá de nuestro
olvido;
No sabrán nunca que nos
hemos ido.
Jorge
Luis Borges
Elogio
de la sombra
Buenos
Aires: Emecé, 1969
viernes, 9 de marzo de 2012
Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 1
¿Cómo
empiezo a contar la historia de Pelu? ¿Cómo hago para lanzarme como un kamikaze
desquiciado en el terreno de la idiotez y comenzar a entender —apenas— algo de
lo que ocurre en la vida de Pelu? Sí, es verdad que uno está bien acostumbrado
a la idiotez: demasiados programas de TV y las redes sociales exhiben su buena
dosis; un parloteo estéril y absurdo que ostenta una estupidez completamente superficial.
Pero lo de Pelu es otra cosa: es una estupidez totalmente profunda. Uno se mete
a averiguar de qué se trata y, cuando se quiere dar cuenta, está embarrado
hasta el cuello de cosas que no comprende, dándose cabezazos contra la pared
como un loco demasiado triste o demasiado alegre.
Tal
vez puedo empezar con lo básico: en los documentos legales su nombre aparece
como Rasputín Agapito Angulo (un nombre de tarado). Fuera del delgado mundo de
los trámites, digamos, en el mundo real, mi hermano —aclaremos: mi medio
hermano— es simplemente Pelu. Pelu: así nomás. Se lo puse yo cuando apenas
estaba aprendiendo a hablar y, según me cuentan, no paraba de repetir el primer
insulto que había aprendido, pero me quedaba corto; la palabra era demasiado
larga. De ahí le quedó “Pelu”. Esa es una de las pocas malas palabras que dije
(o intenté decir) en mi vida. Yo no digo malas palabras —nunca, jamás; es una
de las marcas indelebles que mi vieja dejó en Pelu y en mí—, pero cada vez que
lo nombro no puedo evitar completar mentalmente las sílabas que faltan.
Es que no existe mejor adjetivo para describir a Pelu.
Así
que le quedó “Pelu” nomás, que, seamos sinceros, es mucho mejor que Rasputín Agapito
y mucho más digno que los sobrenombres que sin piedad le aplicaron en la escuela, los cuales no voy a escribir. Menos mal que, con el tiempo, “Pelu” logró
imponerse, porque con los nombres y el apellido del pobre infeliz había
material de sobra para las 300 combinaciones de apodos denigrantes que los
compañeros idearon en clase de matemáticas (ninguno de ellos se debe acordar ni
media ecuación, pero los nombres que le pusieron a Pelu no se olvidan así
nomás). Yo no sé qué estaba pensando el padre cuando le puso ese nombre; se
habría fumado un kilo de rabanitos, no sé. Bueno, en realidad la respuesta es
simple: el padre es otro imbécil.
Como
decía, yo le di el nombre que tiene y ahora me toca a mí contar su historia,
sus patéticas aventuras. Yo no soy escritor ni nada parecido (ojo, leo
bastante), pero realmente siento la necesidad de describir, como pueda, la vida
de Pelu. Lo necesito; necesito de alguna manera ponerla en palabras y tratar de
entender, porque, la verdad, no entiendo nada.
Pero
bueno, ya empecé. Y es suficiente por ahora. Hay mucho que contar, mucho, pero tengo que ir de a poco,
tragando las idioteces de Pelu, digiriéndolas de a poco y largándolas mal, como
una inmensa diarrea que te mancha el pantalón en pleno centro de la ciudad, a
la vista de todo el mundo (tu jefe y la chica que te gusta en primera fila), y
que no para de chorrear. Así son las cosas con Pelu.
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