viernes, 31 de mayo de 2013

Humo


     La noche se infiltraba por las rendijas del vagón. Entre sombras inconclusas, el vaivén de pequeños círculos de fuego improvisaba una danza intermitente e inútil. No es más que el placer de los miserables, pensó Rolo mientras se llevaba el cigarrillo a la boca.
     Era la última bocanada.
     No lo intuyó; no lo imaginó.
     Lo vio.
     La humarada se lo mostró todo. Como un aleph fugaz y etéreo, el humo que partía de su boca esbozó entre retazos de luz imágenes demasiado nítidas, demasiado reales. En aquella última fumarada Rolo contempló los pliegues del tiempo. Vio un árbol de copa flameante; vio cicatrices, perros cojos y una calle vacía; vio el cuerpo desnudo de Anabela; vio su proprio rostro y al aleph desprenderse de su boca, multiplicando su perfil ensombrecido hasta el infinito; vio un tren que atravesaba el oleaje de la noche; vio hombres armados; vio el odio anidado en sus ojos; vio mucha sangre; vio cuerpos que se desvanecían como espíritus, como humo.
     Cuando el tren se detuvo bruscamente no intentó escapar. Simplemente observó el rastro de la humarada que se evaporaba, que se perdía en la noche.


Foto: Joe Penney, Reuters

jueves, 25 de abril de 2013

La vida



     Simplemente se asomó, como lo haría un lagarto, un prófugo o un pez suicida. En una calle cualquiera, Caracas le devolvía la mirada intermitente de ojos sin nombre. Una interminable procesión de jinetes mudos, bocinas y ronroneos mecánicos desfilaba a centímetros de su cabeza.
     Imaginó que aquel río motorizado era la vida. Desde su improvisado sepulcro líquido, esta le pareció infinitamente rudimentaria, elemental.
     No pensó en Marx, Hegel ni en ningún intelectual desquiciado. No le interesó el fútbol, la muerte de Chávez, los avances del último celular ni el pago del alquiler.
     La vida es eso que pasa sobre mí, tan cerca y tan lejos de mí, pensó, mientras sumergía la cabeza en el lodo.

Foto: Rodrigo Abd/AP Photo

jueves, 7 de marzo de 2013

Distancia

Retrato de Audrey Hepburn por Craig Alan


     Me pregunto cómo se verá la humanidad a la distancia. No me refiero a la vista envasada y tan cotidiana de los satélites, sino a una visión ajena a los pixeles y a los metros de altura. ¿Qué veríamos a través de los ojos de Dios? ¿Qué imagen esbozaría el caótico discurrir de la humanidad?
     Acaso la vida tomaría la forma de un rostro de mujer. Una mujer que bien puede ser Audrey Hepburn, una estudiante en Venecia o la cajera de un supermercado en Seúl. O tal vez una de tus compañeras de segundo grado. O tu hija. Un semblante surcado por olas de vidas que van y vienen, de seres que trazan ambiguas líneas que, a la distancia, son el rostro que contempla Dios.
     Me pregunto qué imagen ve Él a la distancia.
     Presiento que, durante breves y gloriosos momentos, los trazos de la vida esbozan algo puro y hermoso. Imperfecto e inestable, pero hermoso. Un rostro de mujer.
     Pero entonces, demasiado a menudo, otra multitud entra en escena. Una caterva de seres difusos lentamente entretejen otra figura, la de un hombre, justo detrás de ella. Un hombre que se acerca sigilosamente a sus espaldas. Un hombre con la mirada fija en Audrey Hepburn… en tu hija.
     Ella no lo ve, no lo escucha. Simplemente mira a la distancia envuelta en un frágil manto de silencio.
     Él está muy cerca.
     Demasiado cerca.
     Entonces, en un instante feroz, la escena se tiñe de miedo. La mano del hombre cubre la boca de ella; la otra envuelve su cintura y la oprime contra su cuerpo. Ella se contorsiona, intenta liberarse desesperadamente. Manotazos, gritos ahogados, golpes, empujones, sogas, vendas, llagas, lágrimas, cadenas.
     La imagen se oscurece infinitamente mientras él hace cosas que no tienen —que no deberían— tener nombre, una y otra y otra y otra vez. Los seres de la imagen se cubren de un insoportable tinte carmesí.

     Tal vez solo Dios pueda soportar la visión de la humanidad desde la distancia.
     Estoy seguro que Él llora por ella. Por cada una de las vidas que son ella.



.  .  .  .  .



     El relato que acabás de leer no es una muestra gratuita de violencia y maltrato. Tiene un propósito. Es una denuncia. Es la necesidad de poner en torpes e insuficientes palabras algo que duele contar; algo que realmente cuesta comprender.      
     En los dos minutos que te llevó leer el relato, en alguna parte del mundo cuatro mujeres fueron secuestradas y vendidas como esclavas sexuales. Se estima que hoy, en pleno siglo XXI, hay unos 27 millones de esclavos que viven en las sombras, en su gran mayoría mujeres y niños.

     Pero, ¿qué se puede hacer? ¿Cómo se puede rescatar a 27 millones de personas?

     Una por una.


     Hace poco descubrí un movimiento social, END IT, que pretende hacer precisamente eso. Por ahora, la información está solo en inglés, pero no hace falta dominarlo completamente para entender el mensaje. Te invito a averiguar más del tema y a correr la voz. Por los millones que te necesitan. Por una sola persona. Esa que tiembla en la oscuridad, rogando que alguien termine con todo esto. Acaso pronuncia tu nombre.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Borde del mundo



     Mauro se acercó al filo del acantilado dominado por una extraña fascinación, como atraído por el canto de sirenas espectrales. Con cada paso que daba hacia el precipicio, sentía que su cuerpo se hacía más liviano, se afantasmaba, adoptaba la forma del aire. Lo inundaba la certeza de que se encontraba en el límite mismo del mundo.
     Finalmente llegó al borde. A centímetros de sus pies, la tierra se desplomaba en una caída vertical y abrupta. Un espeso mar de nubes ondeaba sobre el abismo. Hasta perderse en el horizonte, la niebla se contorsionaba como una bestia etérea y desafiante. El sol se apagaba en silencio tras un lejano velo.
     Mauro permaneció en el filo del precipicio. El corazón le aleteaba como un cuervo herido a la fuga. Lo fascinaba y lo aturdía la idea de caer eternamente, de desaparecer en la niebla infinita. Con los brazos extendidos, alejó la vista del abismo en dirección al cielo.
     Cerró los ojos.
     El vapor que se adentraba por sus fosas nasales lo trasladó a una tarde distante: la nieve, el frío, una mujer que había sido su madre cubriéndole la diminuta boca con una bufanda.
     Espérame, ya te alcanzo, pronunció mientras su cuerpo se balanceaba sobre el precipicio.
     Lloró. Sonrió.     
     Dio un paso adelante.

     En la caída no encontró monstruos ni criaturas imposibles. 
     Solo la niebla.
     Solo la oscuridad.

     Lo encontraron muerto unos minutos más tarde en la parte trasera de un edificio de Chicago. El médico forense señaló que posiblemente había muerto de sobredosis en la caída, antes de que su cuerpo se incrustara en el baúl de un auto, nueve pisos más abajo del balcón de su apartamento.

Foto de Rhys Davies

martes, 5 de febrero de 2013

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 10



     En mi corta vida he escuchado y visto mi buena porción de estupideces. Es que, aunque uno no quiera, se las tiene que tragar todos los días. Te atacan todo el tiempo desde todos los flancos: conversaciones con familiares y amigos, la tele (un caudal casi inagotable), internet (otro), la radio, libros, revistas, payasos en el circo, payasos en el Congreso, cualquier desconocido en cualquier parte y 
—hay que admitirlo— ocasionalmente (y demasiado seguido para algunos) las cosas que uno mismo dice y hace.
     Y, para ser sincero, “estupideces” no es precisamente la mejor palabra. No sé cómo referirme a lo que quiero decir sin recurrir a tantas malas palabras que, en este caso, son mucho más claras. Pero, en fin, voy a darle a esas cosas torpes y extrañas e idiotas e ingenuas e irracionales la exigua palabra “estupideces”.
     Las estupideces se podrían clasificar —¿por qué no?— en tres categorías. Están las estupideces peso pluma; esas que son una especie de bofetón en la cara. Son comentarios idiotas o cosas que uno ve y automáticamente piensa: “¡¿Pero cómo?!”, “¿Cómo se puede decir o hacer semejante gansada?”. Después vienen las estupideces peso mediano. Estas entran con más fuerza; son un cross de derecha que te descoloca por un rato, que te deja regulando, pensando: “¿Qué miércoles fue eso?”.
     Pero hay otras estupideces, viejo, que ya entran en otra categoría; una demasiado pesada. Y ahí es como si un Mike Tyson superbiónico y en esteroides te calzara un gancho en la mandíbula. Entonces no pensás en nada; te quedás con la mente en blanco, intentando recoger alguno de los trocitos de materia gris que quedaron desperdigados por el suelo. Con gansadas de esa magnitud se pierde todo sentido de referencia: dónde queda el norte, qué distancia hay entre la boca y la nariz, qué función inútil cumple el cerebro.
     En esa categoría entra Pelu. El tipo compite en peso pesado y es claro aspirante al campeonato mundial. Es que Pelu siempre me sorprende. A veces pienso que está tratando de romper algún récord, no sé, figurar en algún capítulo del libro Guiness de los idiotas-que-no-se-avergüenzan-de-ser-idiotas-sino-que-sienten-la-gran-e-incómoda-satifacción-de-serlo. «Ojo, Pelu», le digo, «no es fácil; tenés mucha competencia. Aunque vos venís haciendo cada vez más mérito, hay demasiados imbéciles en el mundo».
     Anoche mismo, al repetirle estas mismas palabras sentado a la mesa de la cocina, se produjo una explosión a metro y medio de distancia que me aflojó hasta las medias. Primero hubo un fogonazo eléctrico. Luego una humeante oscuridad.
     —¡¿Pero qué miércoles está pasando?! ¡¿Qué fue eso?! —grité mientras me cubría instintivamente, desconfiando del denso humo que pronto llenó la cocina.
     No era un ataque terrorista. No eran petardos, ni un patético acto de magia ni alguna broma pesada. Era simplemente Pelu. El tipo acababa de volar en pedazos el microondas. Había puesto a calentar un set de cubiertos de acero inoxidable.
     —¡¿Pelu, pero cómo se te ocurre…?! ¡Pero qué astucia, loco; qué astucia! ¡Hasta un mocoso de cinco años sabe que…!
     —¡¿Pero qué querés que haga?! —se defendía con la voz aflautada—. Los cubiertos calientes te mantienen la comida calentita.
     No supe qué decir. Ahí estaba, una vez más, Pelu en acción: el gancho que te entra en la mandíbula; el knock-out cerebral.      
     —Pelu, quedate tranquilo —fue lo único que alcancé a decir mientras me alejaba de la cocina y el humo—. El campeonato mundial lo tenés asegurado. No te lo gana nadie.