viernes, 9 de marzo de 2012

Las patéticas aventuras del patético Pelu, Parte 1



     ¿Cómo empiezo a contar la historia de Pelu? ¿Cómo hago para lanzarme como un kamikaze desquiciado en el terreno de la idiotez y comenzar a entender —apenas— algo de lo que ocurre en la vida de Pelu? Sí, es verdad que uno está bien acostumbrado a la idiotez: demasiados programas de TV y las redes sociales exhiben su buena dosis; un parloteo estéril y absurdo que ostenta una estupidez completamente superficial. Pero lo de Pelu es otra cosa: es una estupidez totalmente profunda. Uno se mete a averiguar de qué se trata y, cuando se quiere dar cuenta, está embarrado hasta el cuello de cosas que no comprende, dándose cabezazos contra la pared como un loco demasiado triste o demasiado alegre.
     Tal vez puedo empezar con lo básico: en los documentos legales su nombre aparece como Rasputín Agapito Angulo (un nombre de tarado). Fuera del delgado mundo de los trámites, digamos, en el mundo real, mi hermano —aclaremos: mi medio hermano— es simplemente Pelu. Pelu: así nomás. Se lo puse yo cuando apenas estaba aprendiendo a hablar y, según me cuentan, no paraba de repetir el primer insulto que había aprendido, pero me quedaba corto; la palabra era demasiado larga. De ahí le quedó “Pelu”. Esa es una de las pocas malas palabras que dije (o intenté decir) en mi vida. Yo no digo malas palabras —nunca, jamás; es una de las marcas indelebles que mi vieja dejó en Pelu y en mí—, pero cada vez que lo nombro no puedo evitar completar mentalmente las sílabas que faltan. Es que no existe mejor adjetivo para describir a Pelu.
     Así que le quedó “Pelu” nomás, que, seamos sinceros, es mucho mejor que Rasputín Agapito y mucho más digno que los sobrenombres que sin piedad le aplicaron en la escuela, los cuales no voy a escribir. Menos mal que, con el tiempo, “Pelu” logró imponerse, porque con los nombres y el apellido del pobre infeliz había material de sobra para las 300 combinaciones de apodos denigrantes que los compañeros idearon en clase de matemáticas (ninguno de ellos se debe acordar ni media ecuación, pero los nombres que le pusieron a Pelu no se olvidan así nomás). Yo no sé qué estaba pensando el padre cuando le puso ese nombre; se habría fumado un kilo de rabanitos, no sé. Bueno, en realidad la respuesta es simple: el padre es otro imbécil.
     Como decía, yo le di el nombre que tiene y ahora me toca a mí contar su historia, sus patéticas aventuras. Yo no soy escritor ni nada parecido (ojo, leo bastante), pero realmente siento la necesidad de describir, como pueda, la vida de Pelu. Lo necesito; necesito de alguna manera ponerla en palabras y tratar de entender, porque, la verdad, no entiendo nada.
      Pero bueno, ya empecé. Y es suficiente por ahora. Hay mucho que contar, mucho, pero tengo que ir de a poco, tragando las idioteces de Pelu, digiriéndolas de a poco y largándolas mal, como una inmensa diarrea que te mancha el pantalón en pleno centro de la ciudad, a la vista de todo el mundo (tu jefe y la chica que te gusta en primera fila), y que no para de chorrear. Así son las cosas con Pelu.

miércoles, 29 de febrero de 2012

En un instante

Foto de X.S.


     
     En cuanto el Cadillac blanco volvió a cortarle el paso con una maniobra peligrosamente displicente, Ramón no pudo contener el insulto que hacía rato venía masticando. Aquella evocación poco respetuosa de la madre y parentela del infeliz que manejaba el Cadillac lo dejó con un gusto extraño en el paladar; le brindó la efímera sensación de algo parecido a la felicidad. Sintió como si las palabras literalmente despidieran una substancia agridulce que pacificaba los ánimos para luego volver a sacudirlos con una indignación desmedida. Para cuando terminaba de acordarse de la hermana de aquel tipo sin nombre, lo atacó fugazmente la idea de que cómo podía detestar tanto a alguien que no conocía. 
     El Cadillac volvió a cambiar de carril entre dos automóviles y los bocinazos graznaron como cuervos afónicos. ¡Pero qué tipo, viejo!, masculló Ramón, irritándose cada vez más, amasando en su interior la mezcla chiclosa de la bronca, sintiéndola fermentar, burbujear ya entre las venas. Hacía rato que el del Cadillac venía cruzándose mal a demasiada velocidad en una autopista abarrotada de demasiados infelices demasiado cansados, como Ramón, que había tenido que pegar unos cuantos frenazos para darle paso.
     Amarrado al volante como loco malo, Ramón intentó desviar los pensamientos, sabotear la ira con algún recuerdo apacible. Lo primero que le vino a la cabeza fue la imagen de un sueño que hacía tiempo lo visitaba de noche: él se encontraba solo en un desierto de cemento, llorando en silencio y de rodillas sobre el pavimento caliente. Entonces aparecía una niña pequeña de cabello dorado y le sonreía; simplemente se paraba frente a él y le sonreía. Luego sacaba una margarita anaranjada que tenía en el pelo y la posaba sobre las manos de Ramón. Entonces la niña se marchaba y el sueño se iba con ella. Esa imagen siempre le daba paz y, por unos segundos, logró redimirlo.
     Pero enseguida volvió a centrar la mirada en el Cadillac de vidrios polarizados, que tras varias maniobras aceleradas había quedado en el carril de al lado, a escasos metros delante de él. El Cadillac zigzagueaba entre un carril y otro, intentando determinar qué fila avanzaría más rápido. Cuando volvió a cruzarse frente a Ramón, este no pudo más: algún cable en alguna parte de su cerebro cedió, se le electrizaron los pelos del cuello, se le hinchó la vena que le atravesaba la frente; se aferró al volante con el patético gesto de una caricatura maldita. ¡Matate, imbécil!, fue lo último que alcanzó a gritar al acercarse al Cadillac a toda velocidad, como un corredor de Fórmula 1 poseído.
     Lo demás sucedió en unos segundos rabiosamente veloces, interminables.
     El Cadillac derrapó con violencia y se estrelló contra el muro que se extendía a pocos metros del carril izquierdo. Ramón vio en el espejo retrovisor cada una de las vueltas macabras del auto, los giros del cuerpo metálico que perdía su forma con cada golpe. El estruendo del hierro contra el cemento —que tantas veces había disfrutado en películas de acción— ahora le pareció insoportable. Su cuerpo se estremeció con los retorcijones del metal; la explosión de vidrio y plástico le erizó la piel, la oleada de humo y caucho le secó la garganta.
     Con una maniobra apresurada y peligrosa, sin pensarlo siquiera, Ramón detuvo el vehículo en la banquina, salió y corrió a toda velocidad hacia el Cadillac, que yacía de costado sobre el asfalto. No puede ser… no puede ser, repetía sin escucharse a sí mismo, mientras su voz se perdía en un torbellino de automóviles. No fue sino hasta que estuvo a escasos metros del Cadillac que alcanzó a ver por entre el parabrisas trizado y las bolsas de aire, en el asiento trasero, una pequeña melena rubia, de la cual colgaba, apenas, una intacta margarita anaranjada.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Fulgor: una novela infestada de soledad


Un meteorólogo enclaustrado en un pequeño observatorio contempla el cielo infinito de la noche; allí están los astros, la oscuridad, el tiempo… la soledad. Desde su reducido mirador en Valle Escondido, Nicolás Fonseca observa innumerables mundos y estrellas que giran tercamente en su espacio programado, cada uno de ellos languideciendo en un aislamiento absoluto. Fulgor, la última novela de Jaime Collyer, es una historia infestada de soledad, de fantasmas que se desprenden como sombras de cada una de las páginas y se corporizan frente a nuestros ojos.
     Esta fascinante nouvelle de Collyer se adentra en la vida de Fonseca, quien tras perder la virilidad a causa de una operación, pasa un año recluido en un observatorio en plena montaña, lejos de su esposa e hijo. Allí comienza a tambalearse sobre la cornisa que divide la realidad del delirio. En su austero mundo cordillerano, la soledad se refleja en todas las cosas: en la sombra amenazante y patética de un vagabundo, en un cachorro extraviado que llega hasta él, en el ampuloso gesto de un árbol separado de los demás, en cada uno de los seres o espectros que habitan su desolado universo. Hasta que un fulgor inexplicable se desangra repentinamente en el cielo, agrietando con su resplandor el cascarón invisible que envuelve el mundo de Fonseca. A partir de entonces ya nada será igual.
     Una novela melancólica, una historia que penetra el caparazón y nos conduce a la esencia misma del ser humano: el dolor, el amor, la crueldad, la compasión, la locura, el hambre, la lujuria, la esperanza, la soledad; siempre la soledad.


Jaime Collyer
Fulgor
Santiago: Mondadori, 2011

jueves, 16 de febrero de 2012

Mis palabras ya son viento


      La última bala destrozó una vasija a un palmo de su cabeza. Antes de que los trozos partidos de arcilla tocaran el suelo, Nahuel ya había brincado de su escondite y se desplazaba como un puma enfurecido hacia las filas del hombre blanco. Bajo la luz turbia del ocaso, los gritos de mi gente se apagaban en medio de estruendos malditos, como si un manto de fuego y pólvora los cubriera lentamente.     
      Nahuel apoyó la espalda contra el muro de piedra que lo ocultaba de los verdugos de la tribu. Permaneció inmóvil por un instante, escuchando su propia respiración, empuñando firmemente el cuchillo de su padre.
      Los cobardes fuegos del hombre blanco estallaban en el aire, tiñendo de sangre la tierra de nuestros ancestros. Al cabalgar el viento vi los cuerpos inertes de mis hermanos, y a Nahuel, aún junto a la muralla. Besó la roca y pronunció contra su áspera superficie una última plegaria. Entonces lo vi trepar y saltar el muro, correr entre el humo y el fuego… lo vi hundir el cuchillo en la carne de los verdugos.
      «Corre, Puma… mata», pronuncié al volar junto a su lado, mientras él adoptaba la postura de una fiera en el aire. Lo oí rugir entre los fogonazos y herir a su paso. Contemplé el resplandor carmesí de su cuchillo bajo la agónica luz del sol... lo vi caer con el cuchillo en alto. Antes de partir, llegué a divisar su cabello impregnado de lodo y sangre, su cuerpo destrozado a unos pasos del mío sobre la tierra de nuestros padres; pero ya el humo me alejaba de él y de mi propio cuerpo vacío mirando hacia el gran cielo… me alejaba de todo.  
       Soy Wirinmañke, poeta de los mapuches, hijo del cóndor, muerto en la batalla; mis palabras ya son viento y es hora de partir, de elevarme y partir…

miércoles, 8 de febrero de 2012

Lupita se fue

Imagen: Rutger Blom

     Extraño mucho a Lupita. Ya no sé cuánto tiempo he estado aquí sin verla, sin sentir el hormigueo de su mirada sobre la mía. Es que no encuentro otra forma de describir lo que una sentía al mirar esos ojos profundamente negros, como si de ellos se desprendiera la mirada de miles de ojos negros, titilando como hormigas, mirándolo todo, comprendiéndolo todo. Es que Lupita lo sabía todo. Me parece haber escuchado decir a Carlos que hace años que Lupita se fue (¿o hablaba de su hermana?), pero a mí se me hace que ayer jugábamos juntas con muñecas idénticas, con vestidos idénticos. Siento que fue ayer mismo que confundía su reflejo con el mío cuando nos mirábamos al espejo. Mi hermana Lupita…
     El otro día al cruzar un espejo me encontré con sus ojos. “¡Lupita!”, grité suavemente, casi susurrando. Le dije a Carlos que la había visto en el espejo. «Es usted, mamá», me dijo Carlos (¿o era mi otro hijo?). «Lupita es usted», me dijo.
     Yo no sé si Lupita soy yo, si es mi hermana... no sé adónde se fue. Solo sé que la extraño.

sábado, 28 de enero de 2012

Un escritor


     En La velocidad de la luz, Javier Cercas pone en boca de Rodney Falk, uno de los personajes principales de la novela, algunas reflexiones acerca de qué es aquel bicho raro al que, a falta de mejor nombre, llamamos escritor.
     El escritor, afirma Rodney, «…es un tipo que se plantea problemas complejísimos y que, en vez de resolverlos o tratar de resolverlos, como haría cualquier persona sensata, los vuelve más complejos todavía. Es decir: es un chiflado que mira la realidad, y a veces la ve».
     A esto su interlocutor objeta que todo el mundo ve la realidad, aunque no esté chiflado.
     «Ahí es donde te equivocas», prosigue Rodney. «Todo el mundo mira la realidad, pero poca gente la ve. El artista no es el que vuelve visible lo invisible: eso sí que es romanticismo, aunque no de la peor especie; el artista es el que vuelve visible lo que ya es visible y todo el mundo mira y nadie puede o nadie sabe o nadie quiere ver. Más bien nadie quiere ver».  
     Puede ser…
     O también puede ser que un escritor sea una especie de mamífero acuático destinado a vivir a tres mil metros sobre el nivel del mar, imaginando las profundidades del océano, inventándolo en páginas de arena, aunque allí no haya arena, ni páginas, ni nunca haya visto el océano; aunque en realidad sea un primitivo cóndor... solitario y ciego.  

sábado, 21 de enero de 2012

Vergüenza

     
      Las gotas de sangre ya no se notaban. Charli las había afantasmado con un quitamanchas que encontró entre los productos para lavar. Pero, ¿cómo lavo la vergüenza?, pensaba Charli con los ojos enrojecidos mientras fregaba la camiseta con un cepillo de dientes usado. Y meta fregar y fregar; meta rociar y fregar. Meta escupir sangre en el remolino que se fugaba por el desagüe. Nunca imaginó que la vergüenza podía doler más que unos puñetazos bien dados en la boca. ¿Por qué frente a todos los chicos, por qué frente a Luna?, se preguntaba el niño arrugando los labios. ¿Por qué siempre hay uno que lastima a los demás? ¿Por qué los más grandes se la agarran con los más chicos?...
     
Este recuerdo se perdió lentamente por uno de los requiebres invisibles del espejo mientras Charli enjuagaba, quince años más tarde, un lánguido hilo de sangre que le surcaba el cuello. Su mujer llegó a rozarlo con un tenedor antes de que él la dejara inconsciente. La
vergüenza ya no dolía.